
Coherencia en lo fundamental

En 2010 fui candidata al Senado de la República con un lema claro: sí a la vida, no al aborto.
En 2010 fui candidata al Senado de la República con un lema claro: sí a la vida, no al aborto. Desde entonces, promuevo que la defensa del ser humano debe ser a partir de la concepción y hasta la muerte natural; con la convicción de que el primer derecho que una sociedad debe proteger es el de la vida, porque que hace posibles todos los demás. Cuando este principio se relativiza, se debilita la base moral de cualquier proyecto de Nación. Durante esa campaña advertí sobre lo que muchos consideraban un asunto lejano: la ideología de género. Señalé los contenidos que empezaban a introducirse en colegios y cartillas escolares para cambiar la comprensión de la persona, la familia y la sexualidad. Algunos calificaron esas advertencias como exageradas. El tiempo demostró que no lo eran. Estas experiencias han marcado mi manera de evaluar a quienes aspiran a ejercer responsabilidades públicas. Antes que los programas económicos o las estrategias políticas, observo los principios que guían sus decisiones. Para mí, lo primero es Dios, su doctrina, su palabra, la coherencia con la fe cristiana, el respeto por la dignidad del niño y la defensa de la familia. Desde ese criterio, al analizar a los candidatos con opción real de llegar a la Presidencia y Vicepresidencia de Colombia, encuentro que solo una fórmula muestra claridad en estos asuntos, y es la conformada por Abelardo De La Espriella y José Manuel Restrepo. En contraste, la candidata Paloma Valencia ha manifestado su acuerdo con el matrimonio entre personas del mismo sexo y decidió hacer una coalición política con Juan Daniel Oviedo, quien durante su paso por el Concejo de Bogotá respaldó enfoques asociados a las agendas de género y a políticas de inclusión en temas culturales sensibles. Estas decisiones generan dudas sobre la coherencia entre los principios que se dicen profesar y las alianzas que se construyen en la práctica política, especialmente cuando están en juego asuntos relacionados con la familia, la formación de los menores y la orientación de la política pública. Un presidente no elige a su vicepresidente para administrar diferencias en el camino en temas esenciales, sino para garantizar la continuidad de un programa de Gobierno. Las decisiones que se toman muestran las convicciones que se tienen. Quien negocia principios fundamentales pierde autoridad moral y credibilidad. Sin esa base, no hay liderazgo posible. NOTA Me sumo a las voces que han expresado su regocijo por los 31 años de este importante Diario. ¡Felicitaciones!