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Opinión

Ciencia y sociedad, la gran deuda.

Jaime De La Ossa Velásquez
Jaime De La Ossa Velásquez
Columnista
12 de julio de 2026

La ciencia no es un fin en si misma, debe ser una herramienta para resolver problemas sociales y su impacto se mide en términos de soluciones efectivas. No se puede olvidar que las naciones que hoy lideran el desarrollo global, entendieron lo valioso que es el conocimiento; no en vano, la investigación les ha permitido transformarse positivamente y de paso obtener beneficios a través de la innovación, el emprendimiento y el bienestar; para ellos, la ciencia dejó de ser un ejercicio académico para convertirse en política de Estado.

La ciencia no es un fin en si misma, debe ser una herramienta para resolver problemas sociales y su impacto se mide en términos de soluciones efectivas. No se puede olvidar que las naciones que hoy lideran el desarrollo global, entendieron lo valioso que es el conocimiento; no en vano, la investigación les ha permitido transformarse positivamente y de paso obtener beneficios a través de la innovación, el emprendimiento y el bienestar; para ellos, la ciencia dejó de ser un ejercicio académico para convertirse en política de Estado. Colombia suele presumir su biodiversidad, su capacidad humana y la formación de investigadores. Sin embargo, cuando se observa el impacto real de la ciencia sobre el desarrollo nacional, la conclusión resulta incómoda, en muchos casos se produce conocimiento con gran esfuerzo, pero somos extraordinariamente deficientes para convertirlo en prosperidad. Durante muchísimos años hemos confundido hacer ciencia con publicar investigaciones, hemos convertido los indicares bibliométricos en el destino final y no en inicio para transformar la realidad. Existe una verdad incómoda que el país se resiste a reconocer: Colombia no tiene un problema de falta de inteligencia, tiene un problema de desconexión entre el conocimiento y el desarrollo. Está atrapada entre el papel publicado que reposa en los anaqueles y la incapacidad para resolver realidades mediadas por el conocimiento científico propio que debería llegar a las empresas. Mientras la discusión sea sobre los rankings internacionales y sigamos importando semillas, medicamentos, maquinaria, software, biotecnología e incluso soluciones para problemas que conocemos mejor que nadie, hemos fracasado… Una de las paradojas del subdesarrollo, es que, seguimos vendiendo naturaleza y comprando conocimiento. En el Caribe colombiano, por ejemplo, existen universidades y científicos con enorme capacidad para desarrollar soluciones en producción animal tropical, acuicultura, conservación, manejo ambiental, genética y adaptación al cambio climático, entre otros temas relevantes. Nuestra región requiere como prioridad una ciencia que camine entre los cultivos de maíz, arroz y yuca; que recorra los sistemas ganaderos; que fortalezca la pesca continental y marina; que mejore la productividad de las pequeñas empresas; que proteja sus bosques, su biodiversidad, sus paisajes y su gente; que ayude a que las zonas más olvidadas del territorio encuentren oportunidades de desarrollo sostenible. Esto se podrá construir cuando caminemos de la mano de un desarrollo científico propio que impacte socialmente y que se edifique desde las universidades y no desde afuera o con improvisaciones. Coletilla: Se pueden publicar miles de artículos y seguir dependiendo de tecnologías importadas; se pueden formar doctores y continuar exportando únicamente materias primas; se puede producir conocimiento sin transformar la vida de la gente. No es normal que las investigaciones permanezcan confinadas al circuito académico porque el país no ha construido un verdadero puente entre la educación, la ciencia y el aparato productivo.