
Ciencia y desarrollo económico

En los últimos años, la discusión sobre el crecimiento económico en Colombia ha girado en torno a infraestructura, turismo y transición energética. Sin embargo, un elemento decisivo sigue quedando rezagado: la inversión en ciencia y educación. El reciente análisis del Banco Interamericano de Desarrollo, inspirado en las contribuciones del Nobel de Economía 2025, Joel Mokyr, es contundente: sin ciencia de excelencia no hay innovación sostenible, y sin innovación no hay crecimiento de largo plazo.
En los últimos años, la discusión sobre el crecimiento económico en Colombia ha girado en torno a infraestructura, turismo y transición energética. Sin embargo, un elemento decisivo sigue quedando rezagado: la inversión en ciencia y educación. El reciente análisis del Banco Interamericano de Desarrollo, inspirado en las contribuciones del Nobel de Economía 2025, Joel Mokyr, es contundente: sin ciencia de excelencia no hay innovación sostenible, y sin innovación no hay crecimiento de largo plazo. Esta advertencia es especialmente relevante para la región Caribe, donde la economía depende en gran medida de sectores tradicionales —agro, comercio, servicios— que generan empleo, sí, pero no impulsan saltos de productividad. El Caribe colombiano enfrenta una paradoja: tiene un enorme potencial humano y natural, pero carece de la infraestructura científica y educativa necesaria para transformar ese potencial en desarrollo. El BID recuerda que América Latina invierte muy poco en investigación y desarrollo, tanto en porcentaje del PIB como en número de investigadores por habitante. Esa brecha se amplifica en regiones como la nuestra, donde las universidades luchan por financiar laboratorios, atraer talento y sostener grupos de investigación competitivos. El resultado es predecible: baja innovación, baja productividad y una economía atrapada en actividades de bajo valor agregado. La historia económica que rescata Mokyr es clara; las sociedades que lograron crecimiento sostenido no lo hicieron solo con mercados eficientes o instituciones estables, sino con conocimiento útil, es decir, ciencia capaz de generar innovaciones acumulativas. La Revolución Industrial no fue un golpe de suerte, sino el resultado de invertir durante décadas en investigación sistemática. En contraste, América Latina —y el Caribe colombiano en particular— sigue operando en un modelo de “técnicas sin ciencia”, donde se aplican soluciones prácticas sin una base sólida de investigación que permita avanzar de forma continua. Si la región Caribe quiere romper su techo de cristal, necesita una apuesta seria por la ciencia y la educación superior. No basta con formar técnicos —aunque son indispensables—; también necesitamos investigadores, ingenieros, biólogos marinos, economistas aplicados y docentes altamente capacitados. La ciencia no es un lujo académico: es la condición para que sectores como el turismo sostenible, la agroindustria, la economía azul o la transición energética generen verdadero valor. La ruta hacia un crecimiento robusto pasa por invertir en conocimiento. Y esa decisión, aunque costosa, garantiza un futuro distinto.