
Centro Emaús: Dios-Cultura-Medio Ambiente

La quema de la estatua de Santiago Apóstol enciende el debate. El obispo Amaury Medina Blanco denuncia afirmaciones intolerantes que vinculan el suceso con un castigo divino.
Por: Mons. Amaury Medina Blanco Se quemó la estatua de Santiago Apóstol en San Benito Abad. Al respecto, surgieron afirmaciones de presuntos “creyentes” relacionando lo acaecido con castigo de un Dios -Jehová- celoso, contra la presunta idolatría de los católicos. Esas afirmaciones son anticristianas, discriminantes, intolerantes y fanáticas. A mayor ignorancia, mayor fanatismo. ¡Así se forman los terroristas! Al final de nuestras vidas seremos juzgados según la caridad que hayamos o no practicado con el prójimo. Nosotros, lideres religiosos católicos, cristianos no católicos, hebreos, musulmanes, hindúes, budistas, y de cualquier otra corriente religiosa u ideológica, tenemos la responsabilidad de educar a nuestros fieles en el respeto al hermano en humanidad. Creo oportuno recordar cuanto sigue: Declaración Universal de los Derechos Humanos, n. 18: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. ONU, Declaración sobre la eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación fundadas en la religión o las convicciones, n. 3: “La discriminación entre los seres humanos por motivos de religión o convicciones constituye una ofensa a la dignidad humana…, y debe ser condenada como una violación de los derechos humanos y las libertades fundamentales…, y como un obstáculo para las relaciones amistosas y pacíficas…”. Biblia: “si ustedes entendieran estas palabras: Quiero misericordia, no sacrificios, ustedes no condenarían a quienes están sin culpa” (Mt 12,7). “La religión pura y sin mancha consiste en ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y en mantenerse limpio de la maldad de este mundo” (Stg 1, 27).