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Opinión

Campañas digitales: la violencia cambió la forma de hacer política en Colombia

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
8 de julio de 2025

Lo que antes era fiesta, hoy es zozobra. Lo que antes era plaza pública, hoy es pantalla fría.

Por Silverio José Herrera Caraballo Lo que antes era fiesta, hoy es zozobra. Lo que antes era plaza pública, hoy es pantalla fría. Lo que antes era un recorrido por el corazón de las regiones, hoy se reemplaza por un video en redes sociales. La violencia, una vez más, ha cambiado la forma de hacer política en Colombia. El pasado 7 de junio, el ataque contra el senador Miguel Uribe Turbay en el parque El Golfito del barrio Modelia, en Bogotá, no fue solo un atentado contra un dirigente de oposición, sino un mensaje preocupante al sistema democrático. Porque cuando un político no puede hablar, escuchar o recorrer libremente el país sin poner en riesgo su vida, la democracia está gravemente enferma. Y lo que es peor: la indiferencia institucional frente a estos hechos parece confirmar que la enfermedad es sistémica. Tras ese hecho, varios candidatos, especialmente de la oposición, han suspendido o limitado sus recorridos regionales. ¿La razón? Falta de garantías. El abandono por parte del gobierno nacional en materia de protección política es evidente. Mientras algunos tienen caravanas financiadas con recursos del Estado (los beneficiarios de la falsa paz, victimarios de los colombianos, pero al final amigos del gobierno), otros deben andar casi escondidos, a expensas de su suerte o la de sus escoltas mal dotados. La seguridad dejó de ser un derecho y se convirtió en un privilegio político, administrado con criterio ideológico. Casos sobran. La senadora María Fernanda Cabal ha denunciado múltiples amenazas en su contra, algunas de ellas provenientes de grupos armados ilegales. La diputada Erika Sánchez, del Atlántico, también alertó hace poco sobre seguimientos extraños y mensajes intimidantes. En Antioquia, el excandidato Andrés Guerra sufrió presiones durante la campaña regional de 2023, y recientemente, aspirantes a concejos y alcaldías en zonas rurales del Cauca, Nariño y Arauca han optado por no inscribirse, o han declinado sus candidaturas por amenazas directas. Según la Misión de Observación Electoral (MOE), solo en el primer semestre de 2024 se registraron más de 150 hechos de violencia contra líderes políticos, sociales y comunales, una cifra alarmante que supera los registros de años anteriores. Esta violencia se concentra, en gran parte, en zonas donde grupos armados ilegales, incluidos los mal llamados “gestores de paz” del gobierno, ejercen control territorial y político. No es coincidencia. La consecuencia directa de este clima de inseguridad es que las campañas políticas están migrando a lo digital. Ahora los candidatos hablan a través de TikTok, Twitter (X), Instagram o YouTube. Las arengas se han convertido en hashtags. Las banderas en GIFs. Las multitudes en seguidores. Las caravanas en transmisiones en vivo. Pero, aunque estas herramientas pueden democratizar el mensaje, también distorsionan la realidad: no todo el pueblo está en redes, y no toda la política se hace desde una cámara. Este nuevo escenario plantea riesgos adicionales. El debate público se trivializa, se manipula y se convierte en una competencia de popularidad, más que de ideas. Los algoritmos sustituyen el cara a cara. Y lo más grave: los violentos logran su cometido, silenciando voces, excluyendo regiones y reduciendo la política a una batalla de percepciones. Es urgente que el Estado colombiano garantice el ejercicio pleno de la política en todo el territorio. No puede haber democracia real si solo algunos tienen garantías para hacer campaña. No puede haber equidad si los opositores son hostigados y los aliados del régimen gozan de impunidad. No puede haber país si los que quieren proponer, debatir y construir desde otras orillas son silenciados con balas, amenazas o indiferencia. La política digital no puede reemplazar la presencia en las regiones. Un líder debe poder caminar su país, escuchar a su gente y mirar a los ojos al votante. Es ahí donde se construye la verdadera democracia. El miedo no puede convertirse en el principal elector de Colombia. Que no se nos olvide: el silencio de hoy puede ser la dictadura de mañana.