Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

Café y ego

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
1 de febrero de 2025

Una mujer, absorta en su sala a las 3:30 pm, enfrenta la pérdida de su "lugar". El ego herido y la ansiedad pugnan con la aceptación ante un futuro incierto.

Por Olga Leonor Hernández Bustamante Se sentó en la sala de su casa un día cualquiera a las 3:30 de la tarde. No tenía nada que hacer, solo sentarse a tomarse un café. Que increíble y que distópico sonaba eso a sus oídos. Estaba sucediendo eso a lo que le temía: estaba perdida y sin lugar. Vamos que, si tenía un lugar, todas las demás áreas de su vida se conservaban intactas, lo único que no estaba ya era el lugar que el ego se había acostumbrado a tener, el lugar en el que estaba cómoda, el lugar en el que era vista y reconocida. El ego. Que fácil se remueve y que susceptible es el ego. Va dando tumbos intentando predecir el futuro para garantizar su calma en el presente. Pero hoy ella, con un café en la mano solo sabía que no sabía realmente nada acerca de lo que podía venir. Se intentaba calmar diciéndose a sí misma que no podía entrar en una guerra abierta contra el mundo, que estaba recibiendo colateralmente el efecto de una ola que no podía controlar. La calma llegaba, pero abajo, pasito, el ego herido seguía gritando. Un sorbo más de café y miró a su ego herido. Casi lo podía ver frente a ella, llorando y gimiendo, peleando contra un enemigo invisible e inexistente, diciendo que era el colmo que cosas como estas pasaran, que ella lo había hecho todo bien, que que injusto es todo esto. Un ego atrapado en las marañas y las consecuencias de las decisiones de miles de egos más. ¿Qué se hace cuando un lugar que se valora se ve amenazado? Surge la ansiedad. Pero ¿Qué se hace cuando se empieza a sospechar que la amenaza no es tal? Y no es tal porque lo que se es nunca fue amenazado realmente y puede, en ausencia de una máscara, aparecer frente a los ojos. Terminó el café y se levantó. Miró el reloj: 3:45 pm. Se dijo que no podía mentirse a sí misma y calmar al ego asegurándole que su lugar estaba a buen resguardo y que en poco tiempo, así como se había ido, volvería. Eso podría pasar, pero no estaba en sus manos. Así que lo que tenía realmente era a ella misma. Tenía que, como dicen quienes saben meditar: rendirse y dejar de pelear, para poder aceptar, soltar y avanzar. Y bueno, le sonaba extremo. Existía la posibilidad en dos o tres días las cosas podían volver a la normalidad. Pero tenía claro que, si eso sucedía, ya ella no sería la misma. Ya había visto cómo se revienta de rápido un lugar, como todo lo que parecía real, se deshacía como un hielo en el agua. Ya había visto que su identidad no podía depender de un lugar expuesto a decisiones de terceros. Caminó de la sala al escritorio, con la taza aún tibia por el café que se había tomado. Se sentó y escribió.