
Banda Juvenil de Chochó: Alma del Porro

La revista "Memorias y Reflexiones" celebra 33 años, con la "Unión de Escritores de Sucre" al mando. El Encuentro Nacional de Bandas honra a la Banda Juvenil de Chochó, ícono musical.
Por Luis Paternina Amaya En los 33 años que cumple la revista "Memorias y Reflexiones", siempre exaltando la música interpretada por nuestras bandas tradicionales, con las características que le son propias y los factores que las nutren, ha sido oportuna y acertada la idea de darle la responsabilidad de controlar y revisar su edición a la "Unión de Escritores de Sucre", garantizándole así una publicación con mejor calidad literaria y contenido cultural a la altura de las más destacadas revistas del país que difunden el folclor en sus distintas acepciones. Que el "Encuentro Nacional de Bandas", cuya 39 versión se realizará en Sincelejo entre el 30 de octubre y el 3 de noviembre, homenaje a la Banda Juvenil de Chochó, representa merecida distinción para una agrupación musical que por más de 50 años se ha preocupado de mantener vigentes los ritmos del porro y el fandango, y por los pergaminos con que se le ha celebrado en los últimos años, habiéndose ganado el concurso" Reina de Reinas" en el Festival de San Pelayo, hasta ser considerada en otras oportunidades fuera de concurso, por su permanente labor pedagógica y de difusión como escuela que ha hecho de la juventud su capital más importante, ofreciéndole con su organización, responsabilidad, permanencia, compromiso y sentido de pertenencia, el estímulo y enseñanza de lo que representa la conservación del valor de la música autóctona, si de reafirmación cultural hablamos. Fue una Banda que nació como Juvenil, pero que a pesar de su edad de más de medio siglo, jamás ha dejado de ser Juvenil, retroalimentándose con la generación que va sucediendo a la otra. Es la dinámica que le imprimió el gran Armando Contreras, músico de fino trato, jubiloso y no menos intérprete sublime de la trompeta, que hoy es ejemplo para esa muchachada del corregimiento de Chochó que se refugia en esa escuela musical, sacándole el quite a la falta de otras oportunidades y a la fantasía de la oferta engañosa, pero persuasiva que se aprovecha de la sanidad e ingenuidad del impetuoso joven que lo arriesga todo por acariciar la propuesta de la coyuntura. Tanto ha sido proactiva la gestión de esta banda, que en un poblado tan pequeño como Chochó, están en formación algunas, y ya consolidadas otras seis bandas, como así lo afirma su actual director Fabio Santos, y donde en cada casa hay, por lo menos, un músico, todas integradas por jóvenes adolescentes que le dan cohesión social a un conglomerado que ha encontrado en la música de Banda esa especie de bálsamo que les hace olvidar los aprietos hasta reencontrarse con el sosiego estropeado por alguna hostilidad, ya que para las amarguras y los tormentos, no hay abrigo más adecuado que acudir a la música para volver al equilibrio descompuesto. Impedir que siquiera una gota de melodía penetre al sentimiento, es negarnos la oportunidad de apreciar la vida con la emoción y espiritualidad que nos trasmite la música. Sobre todo, si no acudimos a los ritmos que nos pertenecen, los que forman parte de nuestro ADN cultural, los que nacieron con nosotros heredados de tradiciones ancestrales. Y aquí no podían faltar el porro y el fandango, que cuando la Banda de Chochó rompe el silencio de la monotonía para interpretarlos, la fluidez de estímulos nacidos de clarinetes, trompetas y bombardinos alegran nuestras almas. Pero, si con semejante alimento que tenemos al alcance de la mano, se produce tan positivo efecto hasta neutralizar cualquier congoja que nos entristece, ¿por qué las bandas musicales no pasan de hacerse ver solo en los pocos festivales donde se presentan, si además gozan de tanto arraigo popular con sus melodiosos acordes, ya para escucharlos o danzarlos? La respuesta se ha tratado de encontrar en los distintos debates que sobre el tema se han suscitado con académicos, periodistas, músicos, folcloristas, estudiantes y compositores, sin que aún aparezca la fórmula que las hagan dueñas de los más encumbrados escenarios musicales de Colombia y del mundo, así como no sean desvalorizadas por empresarios, y poco promovidas por poderosas cadenas de televisión, radio y, en general, ignoradas por plataformas musicales que transitan por las redes sociales. ¿Será que nos seguiremos conformando no más con escucharlas en nuestros patios y en las tarimas locales derramando tan abundante cascada de melodías, sin que se encuentre la fórmula que detenga el arrollador paso del reguetón y una interminable fusión de ritmos que tienen extasiada a la juventud? A esta pregunta le encuentro una sonora respuesta que me la hace llegar el folclorista y músico sincelejano Rafael Hernández Urueta en destacada y erudita entrevista radial que le hiciera el periodista Julián Parra el 17 de septiembre de 2024 sobre los orígenes del porro. Seguramente, consiente de la realidad que planteo, dice el entrevistado que en la capital sureña se está organizando un festival de porro-jazz en homenaje a ese gran jazzista sincelejano Justo Almario. Mirada esta iniciativa como un intento por hacer del porro, más que un producto comercial materia de consumo como cualquier artículo, un valor que vaya persuadiendo y conquistando a las generaciones según su grado de transformación, producto de la natural evolución, bienvenida sea. Aunque porro y jazz tienen sonoridades parecidas, me temo que una juventud arisca y ruidosa hasta el escándalo, abierta al esnobismo extranjerizante y propensa al erotismo que raya en la vulgaridad, no va a ser fácil que esta mezcla o fusión de porro-jazz, la atrape. A pesar de que suena atractiva para quienes acudimos al recurso de la música en nuestro afán por apoyarnos en ella cuando los vacíos espirituales nos empujan a buscar soluciones saliendo de esa especie de limbo en que caemos, por mi parte se me ofrece esa solución cuando dispongo el oído para que entre la melodía del porro, mas ahora vestida de frac con el jazz.