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Opinión

Banalidad y contexto educativo

Jaime De La Ossa Velásquez
Jaime De La Ossa Velásquez
Columnista
13 de julio de 2025

En contextos de carencia, pensar pasa a segundo plano. Pero educar sin pensamiento es solo repetición. Enseñar y aprender exige reflexionar, cuestionar y crear.

Por Jaime De la Ossa Velásquez La necesidad de pensar es inherente a todas las personas, pero en un contexto signado por las carencias, puede ser suprimida por las necesidades apremiantes. Ahora, es común que una institución educativa sumida en un papel estático y arcaico, refleje sus carencias y anule las posibilidades de construcción de pensamiento y de paso abrace la inacción como estrategia. Es imprescindible entender que el trabajo de pensar es un componente integral de enseñar y aprender. Entonces, es común observar como resultado, que se da paso a la intrascendencia, que no es más que tomar todo lo que sucede como algo común y se deja pasar el tiempo; también a la resignación, tipificada por la apatía, es aceptar que no se puede hacer nada; y a la universalización, que se manifiesta al plantear que sucede los mismo en todas partes: tres situaciones que son síntomas inequívocos de una institución decadente. Por su parte, el concepto de banalidad en el contexto educativo superior, puede entenderse como un serio problema, dado que sus fundamentos se localizan en el autoritarismo, en la rutinización, en la obediencia ciega, en la indiferencia y en la exclusión. Así mismo, es un síntoma de la ausencia de currículos adecuados y de una pedagogía critica, autónoma, liberadora, investigativa, dialogante y flexible. En esencia, no permite ejercer una pedagogía adecuada y que garantice el desarrollo de competencias y prácticas equitativas y justas. En su accionar, anula la necesidad de pensar… Todo pasa, como se acepta que debe pasar y nada cambia. Hablar de cambio en las universidades es un tema complejo, siempre queda a merced de la desconfianza, ya que se valora como adecuado el modelo vigente y existe resistencia a asumir nuevos enfoques y novedosos retos, incluso a aceptar las falencias en función del tiempo. Es claro, que, para no caer en la banalidad, no se pueden ignorar las realidades sociales y la transformación del mundo, ni como debe ser la educación a impartir, ni las realidades formativas que tengan los alumnos del momento. No se puede estandarizar la educación superior, ni es factible la uniformidad, cualquier intento en este sentido acercaría la formación superior a la banalidad. La educación en todo su contexto es dinámica, cualquier asomo de volverla estática aniquilaría su esencia y deslegitimaría su papel transformador.