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Opinión

Bakhita

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
8 de febrero de 2026

Josefina Bakhita nació en 1869, en el sur de Sudán, en una comunidad compuesta por chozas de barro, sin agua potable ni luz eléctrica, sin escuela ni atención médica, obligada a efectuar largas caminatas para conseguir aun lo más indispensable.

Josefina Bakhita nació en 1869, en el sur de Sudán, en una comunidad compuesta por chozas de barro, sin agua potable ni luz eléctrica, sin escuela ni atención médica, obligada a efectuar largas caminatas para conseguir aun lo más indispensable. Siendo todavía una niña, fue capturada por traficantes de esclavos y nunca volvió a ver a su familia. La llevaron lejos de su tierra y la vendieron varias veces. Sus captores la llamaron Bakhita, que significa “la afortunada”. Soportó maltratos, castigos y humillaciones. Marcaron su cuerpo y la trataron como un objeto. Pasó de un dueño a otro, sin protección y sin posibilidad de decidir, aprendiendo a obedecer para sobrevivir. Con el tiempo terminó trabajando como empleada doméstica para una familia europea. Allí cuidó a una jovencita aristocrática y comenzó a experimentar un mejor trato, porque a pesar de tener bastante trabajo, era respetada y apreciada. Después de muchos años de trabajar con ellos, los acompañó a Italia y, cuando “sus amos” quisieron regresar a Sudán y llevarla nuevamente con ellos, Bakhita se negó. El caso llegó a las autoridades y un tribunal declaró que la esclavitud no era legal en ese país, y le reconoció su libertad. Ya como mujer libre permaneció en la ciudad de Schio, donde aprendió a profundidad la fe cristiana, observando la vida de quienes creían y escuchando hablar de ese Dios que no había conocido antes. Con el paso del tiempo pidió el bautismo y recibió el nombre de Josefina, conservando como apellido, el nombre que había llevado durante la esclavitud. Más adelante ingresó a un convento y consagró su vida como religiosa. Lo más impactante de esta historia no es solo lo que vivió, sino cómo lo asumió. Al hablar de quienes la esclavizaron no expresaba odio ni resentimiento. Llegó a decir que, si no hubiera pasado por todo aquello, habría sido imposible llegar a conocer a Dios. Esa certeza le marcó la manera de mirar su historia personal. Hoy que conmemoramos su santidad, traigo este testimonio porque nos invita a revisar cómo enfrentamos el dolor, cómo reaccionamos ante las pruebas diarias que nos ocasionan zozobra y cuánto espacio le damos a la queja por situaciones infinitamente menores a las que está santa padeció. Bakhita no se quedó atrapada en el sufrimiento ni en el dolor, porque descubrió que conocer a Dios lo valía todo.