
Auto secuestro

El miedo, un carcelero que nos encierra en inseguridades. A menudo nos impide compartir, vincularnos y ser auténticos. ¿Cómo liberarnos de él?
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Es como si estuviéramos secuestrados. Atrapados con un enorme vigilante afuera que no nos deja acercarnos a nada ni a nadie. Lo paradójico es que alimentamos al vigilante todos los días, le damos de comer la comida que más le gusta, solo para que siga haciendo su trabajo: ser nuestro carcelero. Si. En alguna medida, el miedo es nuestro carcelero. No hablo del miedo como emoción adaptativa que nos protege del riesgo y de aquello que amenaza la supervivencia. Puedo anotar aquí, para mayor claridad el clásico ejemplo de ¿Por qué miro a ambos lados de la calle antes de cruzarla? Lo hacemos por miedo. Es justo el miedo a no llegar a salvo al otro lado el que me hace hacerlo. No es ese miedo primario al que me refiero hoy como carcelero. Hablo del miedo del ego. El miedo a que mi imagen se vea amenazada y todas las formas que adopta: Miedo a no gustar, miedo a no ser suficiente, miedo a que me rechacen, miedo a que me abandonen, miedo a que se aburran de mí, miedo a ser objeto de críticas, miedo a que se burlen de mí, miedo a que no estén de acuerdo conmigo, miedo a quedarme sola… y un largo etc. Ese carcelero me obliga a esconder o guardar muchas de las cosas que realmente me gustaría compartir con otros, me obliga a privarme de vínculos anticipando el rechazo, me obliga a estar solo por miedo a que nadie saque el tiempo de salir conmigo, me obliga al encierro cuando realmente me gustaría estar fuera compartiendo con los demás. Y mientras más me escondo más fuerte se hace el carcelero, porque asume que su rol protector es necesario y vital. Mientras no salga a la luz lo que soy, lo que pienso o lo que deseo, menos riesgos se corren y más seguro estoy. Mientras más estéril sea la vida, más tranquila es. Ese mismo carcelero nos impone una tarea: pensar por los demás. Suena raro, si. Pero es justo lo que pasa. “Yo para qué le hablo, seguramente no le voy a gustar”. “Yo para qué la invito, seguramente no quiere salir conmigo”. “Yo para qué le digo lo que pienso, seguramente no le va a importar” … Y otro largo (larguísimo) etc. Ahora. ¿Qué tal si invitamos al carcelero a caminar con nosotros a nuestro lado mientras avanzamos por la vida? Qué tal si aceptamos que podemos actuar a pesar del miedo. Que es la realidad la que nos demuestra lo que nos pasa si actuamos conforme a lo que deseamos. No es garantía de éxito, claro que van a existir rechazos y malestar, claro que no le vamos a caer bien ni a gustar a todo el mundo, pero podemos encontrar también en el camino personas que nos aprecian, que nos respetan, para las cuales importamos. ¿Qué tal si entendemos que ese carcelero no es nadie más que yo?