
Atrapados

Vivimos rodeados de aparatos que prometen hacernos la vida más sencilla.
Por Selma Samur de Heenan Vivimos rodeados de aparatos que prometen hacernos la vida más sencilla. Un teléfono que cabe en el bolsillo concentra lo que antes ocupaba estantes enteros. La tecnología nació para servirnos como un instrumento útil, pero terminó acaparándonos. Las redes sociales se crearon para mantenernos unidos, pero nos enredaron, tal como su nombre lo sugiere. Estamos siendo atrapados por la liberación de dopamina que se produce con la gratificación de una notificación, un sonido o una novedad inesperada. Ese pequeño estímulo activa un deseo inmediato de repetirlo, por eso buscamos otra señal que nos dé la misma sensación, mientras la luz azul altera los ritmos del sueño, disminuye la melatonina, aumenta el cansancio y reduce el autocontrol. Sin distinción de edad, nivel social o educativo, estamos cayendo en esa adicción porque los sistemas operativos han sido programados y diseñados para retenernos. Comprender esta realidad nos permite mirar el problema de frente y reconocer que no estamos metidos en los aparatos electrónicos por descuido o aburrimiento, sino porque hay mecanismos creados para engancharnos mediante estrategias cuidadosamente planificadas. Está trampa es sutil y fuerte pero no significa que sea invencible. La liberación comienza cuando nos alertamos sinceramente ante el problema, aceptamos que no estamos bien y decidimos recuperar el control de nuestra vida. Y aunque decirlo así puede parecer exagerado, no lo es. Hemos perdido el control. Lo que antes disfrutábamos ya no nos atrae, dejamos de conversar en familia, nos escabullimos para estar solos y revisar el teléfono sin quien nos mire o cuestione. Las actividades que hasta hace poco eran valiosas ya no tienen nuestra atención. Buscamos como sonámbulos algo que no sabemos que es, y movemos el dedo de un lado a otro al parecer sin encontrarlo. Dejamos la oración por la inmediatez de lo digital y el negativo cambio interior aparece con claridad. Quien antes oraba con constancia hablaba y pensaba distinto, y ahora, con el uso reiterado de las redes empieza a mundanizarse sin darse cuenta, apartándose gradualmente del camino que antes sostenía su espiritualidad. Es triste ver que personas que admiramos resulten como hipnotizadas, recorriendo con sus ojos aletargados una pantalla con un absurdo frenesí. Cada uno de nosotros debería examinarse y preguntarse si el internet está siendo una ayuda o una causa silenciosa de destrucción personal o familiar. Estamos a tiempo de notarlo y superarlo.