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Opinión

Aprender a mirar de nuevo

María Karolina Tuñón
María Karolina Tuñón
Columnista
20 de junio de 2026

Los prejuicios rara vez llegan anunciándose como prejuicios. Casi siempre se presentan disfrazados de certezas. Creemos que estamos describiendo la realidad cuando, en el fondo, solo la estamos interpretando desde aquello que conocemos. Decimos que alguien es amable, frío, distante, cercano o antipático sin detenernos a pensar que esas palabras hablan tanto de nosotros como de la persona que tenemos enfrente.

Los prejuicios rara vez llegan anunciándose como prejuicios. Casi siempre se presentan disfrazados de certezas. Creemos que estamos describiendo la realidad cuando, en el fondo, solo la estamos interpretando desde aquello que conocemos. Decimos que alguien es amable, frío, distante, cercano o antipático sin detenernos a pensar que esas palabras hablan tanto de nosotros como de la persona que tenemos enfrente. Hace unas semanas tuve la oportunidad de participar en una ruta académica internacional junto a un grupo de estudiantes y docentes. Como suele ocurrir cuando se emprende un viaje de este tipo, las expectativas estaban puestas en los conocimientos que podríamos adquirir, en los lugares que conoceríamos y en las experiencias que enriquecerían nuestra formación profesional. Imaginaba regresar con nuevas ideas sobre comunicación, con aprendizajes obtenidos en conferencias y encuentros académicos, y con una visión más amplia sobre algunas dinámicas sociales y económicas. Lo que no imaginaba era que una de las reflexiones más profundas surgiría de algo tan cotidiano como la forma en que las personas se relacionan entre sí. Los viajes tienen una capacidad particular: nos sacan de la comodidad de lo conocido. De repente, aquello que parecía natural deja de serlo. Lo que damos por sentado en nuestra vida diaria comienza a verse desde otra perspectiva. Los horarios cambian, los ritmos son diferentes, las costumbres se transforman y hasta las conversaciones más simples pueden adquirir un significado distinto. Es en ese momento cuando uno descubre que muchas de las cosas que considera normales no son universales, sino el resultado de haber crecido en un contexto específico. Durante esos días me encontré observando con atención pequeños detalles que, probablemente, en otras circunstancias habrían pasado desapercibidos. La manera en que las personas respondían una pregunta, la forma en que terminaban una conversación, la rapidez de ciertas interacciones o la ausencia de gestos que para mí eran habituales comenzaron a llamar mi atención. No se trataba de grandes diferencias ni de situaciones extraordinarias. Eran momentos simples, casi invisibles, pero suficientes para despertar una sensación de extrañeza. Y cuando algo nos resulta extraño, solemos buscar explicaciones rápidas. Sin darme cuenta, empecé a interpretar esos comportamientos desde los códigos con los que he aprendido a entender el mundo. Los comparé con mis propias referencias, con las formas de cortesía que reconozco, con las maneras de expresar cercanía que considero familiares. Entonces aparecieron algunas conclusiones prematuras, de esas que parecen inocentes pero que, en realidad, son la semilla de muchos prejuicios. Con el paso de los días entendí que lo que estaba observando no era necesariamente una falta de amabilidad, sino una forma diferente de expresarla. Comprendí que estaba esperando encontrar en otras personas los mismos gestos, palabras y señales que para mí significan cordialidad. Y cuando esos elementos no aparecían, asumía que algo faltaba. Sin embargo, la realidad era más compleja. Tal vez la diferencia no estaba en los demás, sino en mi manera de interpretar aquello que veía. Fue entonces cuando la experiencia dejó de ser un simple viaje académico para convertirse en un ejercicio de reflexión personal. Empecé a preguntarme cuántas veces, en nuestra vida cotidiana, emitimos juicios similares sobre quienes piensan, hablan o actúan de manera distinta. Cuántas veces confundimos diferencia con distancia. Cuántas veces etiquetamos a alguien sin preguntarnos primero desde qué lugar estamos observando. Esa pregunta me acompañó durante el resto del viaje y siguió presente después del regreso. Porque, en el fondo, no habla únicamente de culturas distintas ni de experiencias fuera del país. Habla de algo mucho más cercano: nuestra tendencia a convertir nuestras costumbres en la medida con la que evaluamos a los demás. Habla de la facilidad con la que creemos entender una realidad que apenas estamos comenzando a conocer. Y quizás allí se encuentra una de las enseñanzas más valiosas de cualquier experiencia que nos saque de nuestro entorno habitual. No en los datos que aprendemos ni en los lugares que visitamos, sino en la posibilidad de cuestionar nuestras propias certezas. Porque al final, más difícil que conocer al otro es reconocer los filtros con los que lo observamos. Por eso, más que regresar con respuestas, volví con una pregunta que sigue pareciéndome necesaria: ¿Cuántas veces creemos estar conociendo al otro cuando, en realidad, solo estamos viendo el mundo a través de nuestras propias expectativas?