
Apellidos rencor y vanidades la derecha camina hacia su propia derrota

Cuando los egos pesan más que las ideas y los apellidos más que los programas, la derecha deja de ser una alternativa seria y se convierte en cómplice de su propia derrota.
Por Silverio José Herrera Caraballo Cuando los egos pesan más que las ideas y los apellidos más que los programas, la derecha deja de ser una alternativa seria y se convierte en cómplice de su propia derrota. La política colombiana parece condenada a repetir un ciclo tan predecible como autodestructivo: cada elección presidencial se convierte en un desfile de egos, rencores personales y proyectos individuales que, lejos de fortalecer una propuesta de país, terminan allanando el camino para que la izquierda conserve o recupere el poder. En ese escenario irrumpe nuevamente Miguel Uribe Londoño, ahora nuevamente como aspirante presidencial, lejos del centro democrático, envuelto en una narrativa de agravio, maltrato y abandono que, aunque comprensible desde lo humano, resulta profundamente cuestionable desde lo político. El anuncio de su regreso a la contienda no se da desde una propuesta clara de país ni desde una visión renovada de la derecha, sino desde el reclamo y hasta del revanchismo. Desde la herida abierta. Desde la sensación de haber sido excluido injustamente por el Centro Democrático, partido al que responsabiliza no solo de su salida del proceso interno, sino incluso de no haber dado la trascendencia debida al magnicidio de su hijo, el senador Miguel Uribe Turbay (q.e.p.d). Y es allí donde la línea entre el dolor legítimo y la instrumentalización política comienza a difuminarse peligrosamente. Colombia no puede seguir construyendo candidaturas presidenciales a partir del resentimiento o, aunque suene fuerte del dolor de castas y apellidos. Gobernar una nación exige algo más que abolengos, trayectorias familiares o cuentas pendientes con los partidos. Exige ideas, programas, equipos y, sobre todo, la capacidad de unir. Justamente lo que hoy más escasea en la derecha colombiana. La proliferación de candidatos que se autoproclaman salvadores o mesías del “verdadero rumbo” no es fortaleza democrática: es fragmentación. Cada nuevo aspirante que emerge desde la molestia personal, desde la exclusión o desde la vanidad y los egos, no debilita a la izquierda; debilita al bloque que dice combatirla. Y esa es una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar. Miguel Uribe Londoño no es el único. Es parte de una tendencia peligrosa: la creencia de que se tiene un derecho casi hereditario a liderar la nación. Como si el apellido, la historia familiar o el sacrificio (real o simbólico) otorgaran una patente automática para aspirar a la Presidencia. Esa lógica de castas políticas, tan criticada cuando proviene de otros sectores ideológicos, parece aceptable cuando surge desde la propia orilla. La derecha colombiana no pierde elecciones solo por persecuciones, trampas o narrativas ajenas. Las pierde, sobre todo, por su incapacidad de unificarse alrededor de un proyecto común. Por la falta de generosidad política. Por la imposibilidad de ceder, de construir consensos y de entender que el adversario principal no está dentro, sino fuera. Cada candidatura que nace del rencor personal es un ladrillo más en el muro que separa a la oposición de una opción real de poder. Y cada fractura interna se traduce en votos dispersos, mensajes confusos y ciudadanos desencantados que terminan optando por lo que ya conocen, aunque no les guste. Ser crítico del Centro Democrático es legítimo. Cuestionar sus decisiones internas también lo es. Pero convertir una disputa partidista en una cruzada personal con aspiraciones presidenciales no es una solución; es parte del problema. El país no necesita más candidatos enojados, necesita líderes capaces de anteponer el interés nacional a sus heridas personales. La historia reciente debería servir de advertencia. La izquierda no gana solo por méritos propios; gana porque enfrente encuentra una derecha fragmentada, incapaz de hablar con una sola voz, atrapada en disputas de liderazgo y en nostalgias de poder. Si el escenario de 2026 continua lleno de candidaturas sin coordinación, sin programa común y sin visión compartida, el resultado será el mismo de siempre: la derrota anunciada. La pregunta, entonces, no es si Miguel Uribe Londoño tiene derecho a aspirar. Lo tiene. La verdadera pregunta es si su candidatura suma o resta a la construcción de una alternativa sólida. Y, más aún, si quienes hoy se lanzan desde la molestia personal están dispuestos a asumir la responsabilidad histórica de lo que ocurra si, una vez más, la división entrega el país en bandeja. Porque al final, cuando la historia pase factura, no bastarán las excusas ni los reclamos. Los únicos culpables serán aquellos que, pudiendo unir, prefirieron dividir.