
Antes de ver

El pasado viernes, la Iglesia celebró la fiesta de santo Tomás Apóstol a quien Jesús resucitado dijo: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que creen sin haber visto» (Jn 20, 29).
El pasado viernes, la Iglesia celebró la fiesta de santo Tomás Apóstol a quien Jesús resucitado dijo: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que creen sin haber visto» (Jn 20, 29). Esas palabras pueden iluminar a los que enfrentan su fe con el aparente silencio de Dios. Hay momentos de la vida en que oramos, esperamos, luchamos, y nada parece cambiar. Las dificultades continúan; las puertas siguen cerradas, y las respuestas no llegan. Entonces surge la tentación de pensar que Dios no está actuando, aunque en realidad puede estar realizando su obra más importante en nosotros. Cuando una semilla es sembrada, durante mucho tiempo no ocurre nada visible. Algunos creen que todo sigue igual, pero bajo la tierra se está formando un sistema de raíces que nadie puede ver, y mientras más profundas sean esas raíces, más fuerte podrá crecer el árbol y abundante será su fruto. Lo invisible prepara lo visible. Ese tiempo de espera puede tener muchos rostros. Una familia que anhela reconciliarse. Un matrimonio que atraviesa una crisis. Un hijo por cuya conversión se ha orado durante años. Una enfermedad que no cede. Una situación económica que parece no mejorar. Un proyecto que aún no da los resultados anhelados. Sin embargo, la obra más profunda de Dios suele comenzar donde nuestros ojos no alcanzan a ver. En ese tiempo de espera, Él puede estar fortaleciendo nuestra fe, purificando nuestras intenciones, enseñándonos cómo amar reconciliando corazones, despertando una vocación o formando virtudes que de otra manera difícilmente habrían florecido. Muchas veces el mayor milagro no consiste en el cambio de las circunstancias, sino en la transformación del corazón. Tal vez hoy no alcancemos a comprender todo lo que Dios está haciendo. Quizá las respuestas sigan tardando y las encrucijadas continúan. Sin embargo, eso no significa que Él permanezca inmóvil, sino que prepara en silencio aquello que, a su debido tiempo, llegará a su plenitud. Creer antes de ver no es ingenuidad. Es confiar en que Dios cumple sus promesas. Incluso, cuando nuestros ojos todavía no alcanzan a descubrir el cómo va disponiendo todas las cosas. Esa es una de las bienaventuranzas con las que Jesús nos bendijo y que sigue sosteniendo a quienes perseveran en la esperanza. Porque muchas veces, cuando finalmente llegamos a ver, descubrimos que Dios llevaba mucho tiempo viéndonos y obrando.