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Opinión

Alimento invisible

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
26 de octubre de 2025

Sin darnos cuenta, terminamos pareciéndonos a aquello que dejamos entrar en la mente y en el corazón. Lo que vemos, escuchamos o leemos moldea nuestra manera de pensar, nuestras emociones y las decisiones que tomamos...

Por Selma Samur de Heenan Sin darnos cuenta, terminamos pareciéndonos a aquello que dejamos entrar en la mente y en el corazón. Lo que vemos, escuchamos o leemos moldea nuestra manera de pensar, nuestras emociones y las decisiones que tomamos. Pasar horas ante noticias de tragedia y conflicto inclina la mirada al pesimismo. Exponerse a películas o videos que exaltan la infidelidad y la violencia debilita el discernimiento entre el bien y el mal. Acostumbrar el oído a música que banaliza el pecado facilita que aceptemos sin resistencia lo que ofende a Dios. Lo que entra en nuestro consciente o inconsciente deja huella. No toda palabra edifica ni todo consejo hace bien. Hay información sesgada y cizañera que promueve caos y división. Por eso conviene discernir los contenidos que consultamos y a sus voceros. De otra parte, corremos el riesgo de sostener con firmeza lo que no es cierto, defendiendo ideas equivocadas porque las oímos con frecuencia de quien aparenta conocimiento y autoridad. Así se multiplican los errores, se envenenan las conversaciones y la verdad se diluye. Ante tanta confusión, la prudencia nos invita a informarnos bien y acudir a diversas fuentes antes de asumir una posición radical. También a elegir los alimentos invisibles que nutren positivamente la vida interior. Rezar, meditar, escuchar melodías apacibles serena el ánimo y dispone al encuentro con Dios. Leer los Salmos reconforta y convierte cada emoción en oración y transforma el sufrimiento en fortaleza. La vida espiritual y la emocional están entrelazadas. Cuidar una fortalece la otra. Al llenarnos de palabras que sanan, sonidos que elevan y ejemplos que inspiran, el ser entero se renueva: aprendemos a mirar con esperanza, hablar con ternura y vivir en paz. Cuidemos lo que dejamos entrar, no solo por bienestar emocional, sino sobre todo por nuestra salud integral. Una manera efectiva de lograrlo es poner atención a las fluctuaciones de nuestro estado de ánimo y reflexionar en qué las puede estar ocasionando. Si nos descubrimos temerosos, revisemos qué hemos visto o escuchado recientemente; si nos sentimos sin esperanza, recordemos cuáles han sido las conversaciones más frecuentes y sobre qué temas giraron. Se sorprenderán al encontrar lazos entre lo que consumimos y lo que luego experimentamos. Pidamos al Espíritu Santo que purifique nuestros sentidos y alimente nuestro corazón, pues la boca habla de lo que en él abunda.