
Algo para recordarte primo hermano

Llevo varios días resistiéndome a expresar sentimientos escritos por la ausencia de mi hermano —que no primo— Remberto Burgos de la Espriella. Pocos saben desde dónde escribo y desde qué lugar lo hago, con el corazón roto.
En esta ocasión, cedo el espacio de mi artículo de opinión dominical a mi papá, Antonio Guerra De La Espriella, para conmemorar el primer mes de fallecimiento de Remberto Burgos De La Espriella, su primo Llevo varios días resistiéndome a expresar sentimientos escritos por la ausencia de mi hermano —que no primo— Remberto Burgos de la Espriella. Pocos saben desde dónde escribo y desde qué lugar lo hago, con el corazón roto. Mi alma entera me impulsa a que quien lea esto sepa lo que fuimos Rembe y yo. Fueron todas las formas de comunicación: la presencial, la virtual, la intermediación (llámese Sofía, quien lo acompañó como su mano derecha), durante la niñez, la adolescencia, ayer, hoy: en el Carulla de al lado de su residencia donde coincidíamos; en la finca; en el Seminario El Mortiño; en el Colegio San Bartolomé; en la residencia estudiantil en los inicios del 70; en las mesas de dominó; en actos sociales, etc. Siempre fue mi hermano: “el pariente”, como bien me decía a ratos; el amigo, el médico y el confidente. Fueron siete meses de diferencia en el nacimiento: él, el 1 de mayo en Buenos Aires (Argentina); yo, el 12 de diciembre del 55 en Sincelejo. Dos mamás que se quisieron como hermanas, como en efecto eran. Terminé siendo ahijado de mi tía. Quizás escribo esto para mí mismo, pero déjenme ser expresivo desde donde estoy. Supe de Remberto hasta el último saludo que nos cruzamos, 48 horas antes de conocer lo que le pasó. Sabía de sus ocupaciones diarias —múltiples—, pero siempre tenía un mensaje de tomadura de pelo, y yo enviaba a él asuntos que lo distraían. Le decía en su consultorio: “Parie, el paciente que me sigue es del seguro, no particular”. Sabía él a lo que me refería jocosamente. Me respondía: “¡Qué carajo, Guerra! Eso es lo de menos, quédate”. Cuando yo entraba en lo serio —entiéndase en lo médico— siempre, siempre, tenía tiempo para mí. Primo, no sé por qué se me dio por escribir algo. Tú no te mereces una línea mía; te mereces el recuerdo imperecedero de todo lo que vivimos juntos antes y hasta que te fuiste de este mundo; incluso ahora que tú y yo ya no volveremos a vernos por acá. El corazón roto, pero el alma me obliga a hacer esto. Ahora, como tantas veces dijimos de Pablo Neruda: “En nuestro silencio mudo nos recordaremos.” De nuevo; no sé a quién dirijo este escrito. Solo sé que al fin dije muy poco para mi o nada para el resto de los mortales. Lo que sí sé es que sigues siendo un ser viviente en mi imaginario, y te recuerdo con cariño y afecto, mas no con tristeza. ¿Sabes por qué? Porque fuiste mi hermano, no mi primo. Llevo tu impronta en el corazón y en mi cuerpo: dos cirugías, lumbar y cervical… hablar de ellas sería necio. En la última conversación médica, después de ver la resonancia de mi columna, me dijiste: “Pariente, su columna es como la de mi tío José (mi padre)… desordenada”. Conclusión: cirugía. Dije: “Primo, mejor me despido, ya sé lo que sigue. Hay mucha gente afuera”. Y sí, eran exactamente las 8:30 de la noche cuando terminó la cita de aquel día. Al salir del consultorio, Sofía aún seguía allí. Cambio y fuera. Tosió con esa risa suya —la misma de siempre—, a modo de asentir antes de desaparecer por la puerta. No pude acompañarte primo, por razones que no son del caso mencionar, en tu despedida por el viaje a la morada eterna para atender el llamado de Dios Todopoderoso. Con seguridad allá seguirás hablando del submundo macondiano que es Colombia, al que nos transporta García Márquez, cuya obra literaria tu admirabas. Y como no, aquellas inolvidables canciones del vallenato poético interpretadas por el Ruiseñor del Cesar, Jorge Oñate, que tantas veces escuchamos juntos. Necesito muchas, pero muchas más horas para relatar la convivencia entre el primo Rembe y el pariente Toño. Dios y el destino lo dirán.