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Opinión

Alfabetización política

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
31 de mayo de 2026

Las elecciones presidenciales no son únicamente una disputa entre candidatos. En el fondo, representan una conversación colectiva sobre el tipo de país que una sociedad está dispuesta a construir. Vuelve a Colombia encontrarse frente a ese momento decisivo en medio de una profunda polarización política, incertidumbre económica y creciente desconfianza institucional. Quizá por eso conviene recordar una verdad elemental: votar no es solo elegir a alguien para gobernar, también es elegir los valores, prioridades y caminos que orientarán el futuro común.

Las elecciones presidenciales no son únicamente una disputa entre candidatos. En el fondo, representan una conversación colectiva sobre el tipo de país que una sociedad está dispuesta a construir. Vuelve a Colombia encontrarse frente a ese momento decisivo en medio de una profunda polarización política, incertidumbre económica y creciente desconfianza institucional. Quizá por eso conviene recordar una verdad elemental: votar no es solo elegir a alguien para gobernar, también es elegir los valores, prioridades y caminos que orientarán el futuro común. Cada elección funciona como un espejo. Refleja nuestros miedos, frustraciones, expectativas y esperanzas. Elegimos desde lo que somos, pero también desde aquello que creemos que debe cambiar. Hay quienes votan pensando en la estabilidad económica y la generación de empleo. Otros lo hacen impulsados por la necesidad de corregir desigualdades sociales que consideran inaceptables. Algunos observan con preocupación el crecimiento de modelos políticos que amplían la intervención estatal. Otros desconfían de la capacidad del mercado para resolver problemas históricos de exclusión. Detrás de cada voto existe una visión distinta sobre el rumbo del país. Sin embargo, la discusión entre izquierda y derecha suele empobrecerse hasta convertirse en una batalla de consignas, etiquetas y descalificaciones. Se olvida que detrás de esas corrientes existen debates legítimos sobre el papel del Estado, la libertad económica, la redistribución de la riqueza, la seguridad, la inversión social, la sostenibilidad fiscal y las oportunidades de movilidad social. Cuando la política se reduce a fanatismos, deja de ser un espacio para deliberar y se convierte en un escenario de confrontación permanente. Las sociedades no fracasan únicamente por elegir gobiernos equivocados. También fracasan cuando los ciudadanos renuncian a comprender las implicaciones de sus decisiones. La democracia exige algo más que participar en las urnas. Exige informarse, contrastar argumentos, cuestionar narrativas simplistas y comprender que ningún proyecto político resolverá por sí solo los problemas estructurales del país. Las decisiones electorales tienen efectos concretos sobre el empleo, la educación, la inversión, la inflación, la seguridad y las oportunidades de millones de personas. Por eso, en tiempos de campañas agresivas y redes sociales convertidas en trincheras, la pregunta más importante no es únicamente quién ganará las elecciones. La verdadera pregunta es qué tipo de sociedad estamos fortaleciendo con nuestro voto. Porque cuando un país elige, también define qué desigualdades está dispuesto a corregir, cuáles está dispuesto a tolerar y qué futuro desea construir. Y tal vez por eso el mayor riesgo para una democracia no sea elegir mal, sino renunciar a pensar críticamente. No hay espacio para el analfabeto político.