
Alarmas

Ignorar las señales de alerta internas es común, pero perjudicial. Tristeza, ansiedad e irritabilidad, lejos de ser el problema, son alarmas que exigen atención y cuidado personal.
Por Olga Leonor Hernández B. Tenemos la mala costumbre, la tendencia, a quitarle fuerza a las señales que nos indican que algo no anda bien con nosotros. Esto nos supone esperar a llegar al momento del verdadero desgaste para atender lo que nos sucede, regresando a las señales de alarma que desde el principio decidimos omitir. Esto aplica tanto para nuestro cuerpo, como para nuestras emociones y relaciones. Mi campo de acción desde la psicología me permite ahondar en estas dos últimas. Hay quienes llegan a consulta pidiéndome con voz temblorosa y ojos casi suplicantes que les quite la tristeza. Sienten que no pueden seguir así, que estar tristes es un problema y deben sacárselo de encima. Poco a poco, empezamos a notar como la tristeza llega para indicar, a modo de alarma, cosas y situaciones que se deben atender. Pueden ser conversaciones que se deben tener, límites que se deben poner, decisiones que se deben tomar, emociones que es necesario dejar de negar. En todo caso, en esos momentos, la tristeza no es el problema; es la alarma que nos pide hacernos cargo de nosotros mismos. En otros momentos hay quienes llegan sintiendo que están permanentemente ansiosos. Y a mayor ansiedad, por ejemplo, mayor ganas de comer todo el tiempo, con los consiguientes efectos sobre el cuerpo y por ende sobre la autoimagen. Llegan para aprender a controlar sus ganas de comer, a buscar estrategias para olvidarse o aguantarse esos impulsos y dejar de -literalmente- alimentar su ansiedad. En las conversaciones, sin embargo, empieza a cobrar sentido lo que sucede y la comprensión de que comer de esa manera no es el problema, es de algún modo, la solución encontrada a los pensamientos que generan angustia, culpa y miedo. Al final la ansiedad no es el problema; es la alarma que llama la atención sobre nosotros mismos. Para otros más, el problema es su irritabilidad. Se sienten enojados (as) todo el tiempo, con ellos mismos y con los demás. Las explosiones de rabia son permanentes y acarrean enormes dificultades en la vida personal e incluso laboral. La rabia, como emoción básica, tiene una función protectora ante el peligro; entonces en vez de buscar estrategias de relajación o respiración para calmarse, comprendemos que la rabia no es el problema, es el llamado a comprender de qué me estoy protegiendo y para qué lo hago. Hay muchos elementos que podría seguir listando. Bromear permanentemente, la queja como antesala a todos los vínculos, la postura de víctima asumida ante ciertas situaciones, el miedo a tomar decisiones, y un largo etcétera. En todos los casos, casi sin excepción, lo que se siente como el problema a eliminar, es realmente la alarma que nos indica de qué nos debemos encargar.