
Agradecimiento y perdón

La gratitud y el perdón, sentimientos inseparables, liberan el alma. Agradecer las oportunidades y perdonarse a uno mismo, claves para una vida plena.
Por Olga Lucía Bustamante Madrid Son dos sentimientos que van de la mano y que nadie puede delegar. Solo pueden palparse con el corazón, y sus efectos son liberadores. Agradecer, porque el día a día y el paso a paso, nos habilitan para sobrevivir, bien, o no tan bien, pero permitiéndonos aprender, soñar, sentir y hacer. Agradecer por las miles de oportunidades vividas. Porque cada mañana presenciamos nuevos amaneceres, muchas veces cargados de promesas e ilusiones, sin que se diera el valor que estos merecían. Perdonarnos por haber desaprovechado esas oportunidades; porque el lamento, la desidia y la autocompasión me impiden reconocer las bondades que me ofrece la vida en cada momento. Agradecer por la salud y la enfermedad, porque ambas son maestras. Por la salud mental necesaria para discernir, entender y valorar los regalos que minuto a minuto recibimos. Y por la salud espiritual que me ayuda a encontrar y dar lo mejor de mí. Perdonarse por apagar la luz de la sonrisa y el afecto, por decepcionar a aquellos que han deseado y propiciado para mí instantes maravillosos. Agradecer por el otro, por aquel que me acompaña, me cuida, me ayuda y me ama, aun cuando yo lo ignore o menosprecie. Perdonarnos por el egoísmo enceguecedor, la indiferencia, la mirada dura y las palabras denigrantes. “Agradece a la llama su luz, pero no olvides el pie del candil que paciente la sostiene.” Afirmó Rabindranath Tagore Agradecemos al que nos adula y reverencia aun en presencia del error. Nos quejamos de la intromisión de los maestros y la opinión de los adversarios, cuando solo están esculpiendo para sacar de nosotros la mejor parte. A perdonar aprendemos, cuando mucho hemos necesitado del perdón de otros. Cuando una persona o familia carece de esas virtudes, se suele arrastrar cargas muy pesadas, que a la vez llenan las emociones y el entorno de desequilibrio y dolor. Nada más triste que llegar al final de la existencia sin haber aclarado y desatado nudos que se fueron formando durante el recorrido, y a los que no quisimos o ni siquiera intuimos que debíamos desatar. Nunca es tarde para iniciar esa tarea. Si nuestra vida no fluye como quisiéramos, es hora de revisar el archivo de nuestros sentimientos y emociones, de una vez por todas.