
Afanes

Una paciente ansiosa por soluciones rápidas ilustra la urgencia de la sanación emocional. La autora reflexiona sobre la prisa por el autocontrol y la importancia de la terapia para la autocomprensión profunda.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Hace poco, una persona en consulta que iba por primera vez me chasqueaba los dedos (no estoy exagerando) para que le diera la respuesta que deseaba: "Dime qué debo hacer. Estoy en crisis y necesito dejar de sentirme así. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué esta situación me alteró la vida de esta manera? ¿Cómo sano lo que debo sanar para poder seguir adelante? ¿Cómo hago para solucionar esto? Vengo a ponerme con plena disposición en tus manos para que me ayudes con la solución". Esta persona estaba tan alterada por sentirse alterada que me contaba la historia —su historia— a tropiezos y moviéndose entre el pasado, el presente y el futuro. Intercalaba vivencias con conclusiones sobre las razones de lo que pasaba. Se movía entre quejarse por haber perdido la calma y narrar elementos dolorosos de su pasado en los que patinaba un poco para luego sacudirlos como si fuera algo contaminado que hay que soltar rápidamente, a riesgo de que ese contacto infecte todo a su paso. Fue extraño ver esa danza entre preguntas, respuestas, rabias, miedos y todo tamizado por el afán. El deseo de no querer estar así, la necesidad de poner acelerador para corregirle el rumbo a lo torcido y poder reorganizarse y seguir. Me preguntaba y le preguntaba para qué tanta prisa. De dónde esa negación y escape de la incomodidad, qué salvaguardaba ese deseo de habitar el lugar estoico del autocontrol, la virtud, la razón y el dominio de las emociones. ¿De qué manera digerir algo que no se ha masticado lo suficiente? ¿Estaba realmente dispuesta a cambiar? O ¿Sólo quería algo que la devolviera a ese lugar donde se sentía a salvo y protegida del malestar y la crisis? Entre frase y frase la descubrí llena de estrategias y técnicas para recuperar el control de sí misma cuando estaba a punto del desborde, usando la respiración, la meditación, el ejercicio, la lectura, la escritura como mecanismos de defensa cuando cualquier malestar amenazaba su equilibrio. En el mundo de las soluciones rápidas, de las respuestas al alcance de un clic, del universo de coaching que te entrena para afrontar las decisiones de manera pronta, la terapia es una invitación a la calma para observar la experiencia completa y en ese desglose comprender qué soy en cada situación, qué me alienta, cuáles son mis búsquedas, cuáles mis defensas, dónde pongo mis expectativas, qué busco y para qué establezco mis vínculos de cierta forma, de qué escapo, qué patrones repito, qué miedos me habitan, qué amenazas percibo y detonan mi ansiedad. No promuevo terapias eternas e interminables, pero sí por lo menos que nos demos el tiempo de comprender a fondo nuestros problemas, la batalla en la que entran nuestras voces internas. Termino con un trabalenguas que es una obviedad (que, por obvia, obviamos): Si no sé qué me pasa cuando me pasa lo que me pasa, no puedo entonces hacerme cargo de ello; y para eso estamos los terapeutas.