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Opinión

Adaptar nuestra infraestructura al clima

Manuel Cadrazco Martelo
Manuel Cadrazco Martelo
Columnista
25 de febrero de 2026

Los recientes eventos climáticos en Colombia —desde el frente frío que afectó al Caribe hasta las inundaciones recurrentes en La Mojana y zonas de Córdoba— nos recuerdan que la variabilidad climática dejó de ser una excepción, y hoy es un componente estructural del desarrollo. Ante esta realidad, la discusión sobre infraestructura no puede limitarse a reparar daños: debe centrarse en anticiparlos.

Los recientes eventos climáticos en Colombia —desde el frente frío que afectó al Caribe hasta las inundaciones recurrentes en La Mojana y zonas de Córdoba— nos recuerdan que la variabilidad climática dejó de ser una excepción, y hoy es un componente estructural del desarrollo. Ante esta realidad, la discusión sobre infraestructura no puede limitarse a reparar daños: debe centrarse en anticiparlos. El Banco Interamericano de Desarrollo ha insistido en que la región necesita transitar hacia infraestructuras públicas más resilientes, capaces de operar bajo condiciones extremas y recuperarse rápidamente; y la evidencia muestra que cada peso invertido en prevención puede ahorrar entre cuatro y siete pesos en reconstrucción. Colombia ha avanzado en marcos normativos y en instrumentos como los Planes de Gestión del Riesgo. Sin embargo, los casos del Caribe y de La Mojana revelan que aún existe una distancia entre la planificación y la ejecución. Muchas obras siguen diseñándose con parámetros históricos que ya no reflejan la realidad climática actual, y otras se construyen sin integrar soluciones basadas en la naturaleza, pese a que humedales, manglares y rondas hídricas son aliados naturales para mitigar inundaciones. La agenda de política pública debería avanzar en tres frentes; primero, actualizar los estándares de diseño y construcción para que incorporen escenarios climáticos futuros, no solo promedios pasados. Esto implica fortalecer la capacidad técnica de municipios y departamentos, que son quienes finalmente aprueban y supervisan obras; segundo, promover inversiones que combinen infraestructura gris y verde. Restaurar ecosistemas estratégicos en La Mojana o en las cuencas del Sinú y el San Jorge no es un lujo ambiental, sino que termina siendo una medida costo-efectiva para reducir riesgos. Y tercero, mejorar los sistemas de información y alerta temprana, de modo que las comunidades y las instituciones puedan actuar antes de que un evento se convierta en emergencia. La resiliencia implica reconocer que el clima seguirá cambiando y que nuestras obras deben cambiar con él; implica priorizar la sostenibilidad en la inversión pública y entender que la infraestructura es, ante todo, un servicio para proteger vidas y garantizar continuidad económica. Si Colombia asume esta transición con seriedad, los episodios del Caribe, de La Mojana o de Córdoba dejarán de ser tragedias repetidas y se convertirán en aprendizajes que fortalecen nuestro desarrollo. Construir resiliencia es, en última instancia, construir confianza en el futuro.