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Opinión

Acción de Gracias

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
30 de noviembre de 2025

Llegamos al último día de noviembre casi sin notarlo. Han pasado once meses que seguramente nos trajeron de todo un poco, y mañana iniciamos diciembre con gratitud por el tiempo vivido.

Por Selma Samur de Heenan Llegamos al último día de noviembre casi sin notarlo. Han pasado once meses que seguramente nos trajeron de todo un poco, y mañana iniciamos diciembre con gratitud por el tiempo vivido. El jueves pasado, en Estados Unidos, celebramos Thanksgiving o día de Acción de Gracias. Es una fiesta nacional que conmemora un banquete en el que los primeros colonos, después de tiempos de hambre y frío, dieron gracias a Dios por la cosecha, por la ayuda de los pueblos nativos y por los pavos salvajes que les permitieron sobrevivir en un clima desconocido en aquella difícil época. Con el tiempo se convirtió en una celebración en la que muchos se reúnen alrededor de la mesa; interrumpen el ritmo acelerado de la vida, y expresan gratitud por los bienes recibidos y las oportunidades que han tenido. En nuestro camino de fe, la acción de gracias no podemos reservarla para una fecha específica. Debemos agradecer todo el tiempo, no solo por aquello que salió bien, al traer la tranquilidad anhelada, sino también por las experiencias dolorosas que han moldeado nuestra historia personal. Y es que muy pocas veces damos gracias por una preocupación, un cansancio inesperado, una dificultad que nos obligó a detenernos o una noticia que no queríamos escuchar, todas ellas como cargas que se sienten muy pesadas, pero que más adelante nos hacen descubrir que terminaron siendo de provecho para nuestro carácter y espíritu. Entrar a diciembre con esa mirada amplia cambia la manera de ver el año. Porque, aunque el balance que hagamos no sea perfecto, podremos reconocer que no hemos caminado solos. Al repasar con sinceridad lo vivido, es usual que notemos que aquello que menos celebramos fue precisamente lo que más nos ayudó a crecer. Y entonces nace la confianza en Dios, que no depende de los resultados inmediatos sino de la certeza de que Él siempre está presente y tiene un mejor plan. Vale la pena detenernos un momento y dar gracias al Creador por todo: por lo entendido y por lo que costó aceptar; por lo recibido con entusiasmo, y por las situaciones que exigieron paciencia. Gracias por los once meses vividos y por este diciembre que comienza. Que podamos recibirlo todo con un corazón abierto a la providencia divina, y con la mirada puesta en el Cielo, para asegurarnos de avanzar en la dirección correcta.