Accidentalidad en Sucre
La alta mortalidad en accidentes de tránsito en el departamento es una crisis alarmante. Este año, 115 personas han fallecido, exigiendo acción urgente de autoridades y ciudadanos.
Por Alexander Marimon Márquez No podemos seguir indiferentes ante la tragedia que diariamente deja el tránsito por nuestro departamento, con grandes pérdidas de vidas humanas, una situación que, si no logra sacudirnos, significa que hemos perdido humanidad. La creciente mortalidad en las vías es una crisis que no puede seguir siendo ignorada, ni por las autoridades, ni por los ciudadanos, dado que está llegando a niveles verdaderamente escalofriantes. Este año, al menos 115 personas han perdido la vida en accidentes de tránsito, de ellas mientras se desplazaban en motocicletas, cifras estas que deberían estremecernos, pero que, al contrario, parecen diluirse entre la rutina y la resignación, sin entender que como sociedad caeríamos en el peor de todos los errores si permitimos que se pierda el asombro y la indignación frente a una tragedia de esta magnitud. Las carreteras de Majagual, San Benito Abad, San Marcos, Corozal y San Onofre, son regiones que más muertos ponen, al igual que la capital sucreña, donde transitar por sus calles, avenidas y zona rural como el Cerrito la Palma, con riesgos fatales, pues las vías no deben ser escenarios de muerte, sino espacios para la movilidad segura y eficiente, la que se obtiene cuando la autoridad demuestre eficacia y los ciudadanos una mayor responsabilidad. Por otro lado, los agentes de tránsito parecen haber perdido en gran medida su autoridad, por lo que, en la anarquía vehicular proliferan los conductores irresponsables, moto taxistas temerarios y motociclistas de mensajería que, en su afán de cumplir con tiempos imposibles, ponen en riesgo su vida y la de los demás. A esta ecuación se suma la actitud imprudente de algunos conductores de buses y vehículos particulares, que convierten las vías en verdaderos campos de batalla, más la congestión que asfixia a la ciudad en horas pico, generando estrés y decisiones erráticas al volante. El resultado es un tránsito caótico y altamente mortal, en el que cada año perdemos cientos de vidas. Ante esta realidad, las autoridades tienen la obligación moral y administrativa de actuar con decisión, para que volvamos a tener un tránsito ágil y seguro en nuestras calles y carreteras. Esto exige un plan integral que contemple la rehabilitación de vías, el fortalecimiento de las autoridades de tránsito y la implementación de campañas educativas efectivas para fomentar la cultura vial, porque la ciudadanía también tiene el deber de respetar las normas de tránsito, conducir con responsabilidad y denunciar prácticas peligrosas, como acciones básicas e indispensables para contribuir a la solución.