
¿Abuso de poder?

El debate sobre la fe infantil: ¿libertad o guía? Mientras algunos abogan por esperar a la adultez, este artículo defiende la importancia de la educación religiosa temprana.
Por Selma Samur de Heenan Se ha extendido la idea de que la fe debe ser una decisión completamente libre y consciente, por lo que no se debería bautizar ni educar religiosamente a los niños hasta que sean mayores. Pero, ¿es realmente así? Si aplicáramos este razonamiento a otros aspectos de la vida, veríamos que los padres toman decisiones fundamentales por sus hijos sin esperar a que crezcan. No se les pregunta si desean ser alimentados, enviados a la escuela o vacunados. Se hace porque es necesario para su bienestar, aunque aún no lo comprendan. El bautismo es el sacramento que nos purifica del pecado original y nos hace hijos de Dios. Si los padres tienen la responsabilidad de cuidar la vida física de sus hijos, con mayor razón deben velar por su vida espiritual. No bautizarlos ni formarlos en la fe no es darles libertad, sino privarlos del don más importante que pueden recibir. Desde tiempos antiguos, la Iglesia ha alentado la oración por los bebés en el vientre materno, pidiendo la bendición de Dios sobre ellos. Esta práctica no es una imposición, sino una muestra de amor y protección. Algunos defienden el libre albedrío del niño argumentando que debería decidir su camino espiritual cuando sea mayor, pero la verdadera libertad consiste en elegir el bien con conocimiento y voluntad. Para ello, primero debe conocerlo. Hay quienes sostienen que los niños no deberían participar en la vida religiosa porque no comprenden lo que sucede. Sin embargo, la acción de Dios no depende de la capacidad intelectual. Así como un bebé reconoce la voz de su madre antes de entender palabras, también su alma percibe la presencia divina. Educar a los menores de edad para que sean buenos cristianos no es abuso de poder, sino una obligación del creyente. Bautizarlos, ponerles, una cruz de ceniza en la frente, enseñarles a rezar y leerles la Palabra de Dios es el modo natural en que se transmite la fe. Si los padres no los guían, el mundo lo hará con sus propios valores, muchas veces opuestos a la verdad. Es una prioridad dar a la descendencia la mejor herramienta para enfrentar la vida con fortaleza, sabiduría y esperanza. Los padres tienen el deber de guiarlos en aquello que verdaderamente les dará sentido a sus vidas, y esa es la mayor herencia que pueden recibir.