
Abrir el camino.

La resurrección de Jesucristo, un hecho real, transforma la fe cristiana. Supera la muerte y trae esperanza, asegurando la vida eterna. El sepulcro vacío es la promesa.
Por: Selma Samur de Heenan “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos hizo renacer a una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.” 1 Pedro 1, 3. Los que seguimos a Jesucristo no lo hacemos basándonos en ideas ni en historias bonitas, sino en hechos reales. Y uno de los más decisivos es que Él venció la muerte. Si no hubiera salido vivo del sepulcro, nuestra fe carecería de sentido. Pero lo hizo, y todo en lo que creemos se sostiene sobre esa verdad. Al tercer día de su crucifixión, el Señor no se apareció como una sombra o un símbolo. Cenó con sus discípulos, les mostró sus heridas, habló con ellos y caminó a su lado. Esto nos confirma que no esperamos una existencia etérea o difusa, sino la vida plena del alma unida nuevamente a su carne, redimida y glorificada. Este acontecimiento nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, que la muerte del cuerpo no es el final, y que el sufrimiento, por más que oprima, no dura para siempre. El sepulcro no es el destino definitivo de quien ama a Dios, ya que otros han sido sus designios. La fiesta de la resurrección no se trata de un recuerdo ni de una ceremonia anual sino del cumplimiento de una promesa que nos trae la convicción que alegra nuestros corazones. Jesús vive, y con Él todo florece. Lo que parecía perdido se transforma, y lo que fue entregado por amor, regresa multiplicado. Después de haber estado con Jesús durante la Semana Santa, siendo testigos de su dolorosa pasión y entrega total en la cruz; ahora que lo vemos vivo, sabemos que nosotros podemos estarlo después de la muerte. Mientras andamos de paso en esta etapa terrenal, procuremos avanzar a su lado y para ello es indispensable dejar atrás lo que huele a muerte: el pecado, la tibieza, la doble vida, la fe superficial. Hoy debemos aceptar la invitación a comenzar de nuevo, a ponernos en pie, a renacer con nuestro Señor. El sepulcro está vacío. El que fue sepultado vive. Y todo aquel que ha tropezado por andar en la oscuridad o deambulado sin rumbo, adquiere la oportunidad de permanecer en Él y vivir para siempre. Así lo expresa San Ambrosio de Milán: “El Señor resucitó para que tú también resucites. Subió al Cielo para abrirte el camino.”