
Abducidas: abigeato en Sucre 2.0, recargados

En los últimos meses, un rumor aterrador toma forma entre los ganaderos de la Sabana de Sucre: más de ciento cincuenta cabezas de ganado desaparecidas alrededor de Corozal, sin huellas aparentes.
Por Silverio José Herrera Caraballo En los últimos meses, un rumor aterrador toma forma entre los ganaderos de la Sabana de Sucre: más de ciento cincuenta cabezas de ganado desaparecidas alrededor de Corozal, sin huellas aparentes. ¿Cuatreros? ¿Marcianos? ¿Una nueva modalidad delictiva? Lo cierto es que el miedo ya no está solo en las veredas ni en los caminos rurales, sino en el cielo que se observa y en la certeza de que los animales ya no se pierden únicamente por caminos o depredadores, sino por causas humanas muy bien organizadas. Revisando fuentes recientes, el panorama es aún más preocupante. En informes de prensa y gremiales se revela que los delitos que más afectan a los productores en Sucre son el hurto, la extorsión y el abigeato. Los municipios más golpeados incluyen Ovejas, Guaranda, San Onofre, La Unión y San Pedro. Se tiene constancia de robos simultáneos en varios departamentos, incluido Sucre. En Morroa, por ejemplo, se reportó el hurto de veinte machos de levante. En Los Palmitos, delincuentes ingresaron a una finca y sacrificaron cuatro reses en el mismo sitio. En San Antonio de Palmito, Betulia y Corozal, las denuncias hablan de bandas armadas que entran con total impunidad, incluso en predios cercanos a zonas urbanas. Según datos de Fedegán, Sucre aparece entre los cinco departamentos con más casos de abigeato en Colombia, con 5.999 casos reportados en un período reciente. Las estadísticas oficiales, sin embargo, no parecen capturar toda la dimensión del problema. Muchos ganaderos prefieren no denunciar por miedo a represalias o por desconfianza hacia las autoridades. Además, las modalidades del delito se han sofisticado: no solo se llevan animales enteros, sino que en ocasiones son sacrificados en el lugar, llevándose únicamente la carne y abandonando pieles o restos. Esto hace más difícil rastrear el delito y genera riesgos sanitarios por el manejo irregular de los productos. La metáfora de los “marcianos” que usan los ganaderos refleja esa sensación de vacío y clandestinidad: animales que desaparecen sin rastro, como si fueran abducidos. La realidad, sin embargo, es mucho más terrenal: bandas organizadas que operan de noche, transporte ilegal en camiones, sacrificios clandestinos y distribución de carne sin control alguno. La delincuencia se ha adaptado y hoy opera con un nivel de organización que sobrepasa la capacidad de respuesta de la autoridad local. Las consecuencias son graves. En lo económico, los pequeños y medianos productores ven cómo se desangran sus finanzas, ya golpeadas por los altos costos de producción. En lo social, se acrecienta el miedo y la sensación de abandono en el campo. En lo sanitario, la carne proveniente del carneo ilegal entra sin controles a los mercados locales, con los riesgos que esto implica para la salud pública. Y en lo institucional, se alimenta la percepción de que el Estado ha renunciado a proteger a quienes producen la riqueza rural. Frente a este panorama, es necesario actuar con decisión. Fortalecer las denuncias mediante canales confiables y seguros; aumentar la vigilancia nocturna en las zonas rurales con apoyo de tecnología como drones y cámaras; implementar sistemas de identificación y trazabilidad del ganado; y, sobre todo, atacar no solo a los cuatreros sino también a quienes compran, transportan y distribuyen la carne ilegal. Sin cortar esas cadenas de comercialización, el negocio seguirá siendo rentable para la delincuencia. La comunidad también debe jugar un papel clave. Redes de vecinos y trabajadores rurales pueden convertirse en sistemas de alerta temprana que dificulten la acción de las bandas. Pero para que esto sea posible, el Estado debe garantizar acompañamiento, protección y resultados concretos en las investigaciones. De lo contrario, la cultura del silencio y el miedo seguirá imponiéndose. No es fantasía ni leyenda urbana: el abigeato en Sucre está en una fase crítica. Los ganaderos ya no miran solo hacia el monte o los caminos, miran hacia el cielo buscando respuestas que no llegan. Si no se actúa con firmeza, lo que hoy parece ciencia ficción (desapariciones masivas de reses sin rastro) se convertirá en la nueva normalidad. Y cuando llegue diciembre, mes históricamente crítico por la demanda de carne, ¿cuántas reses más habrán sido “abducidas” en las sabanas de Sucre? Esta columna no es un lamento que se haya vuelto costumbre, es una voz de alerta. El productor ganadero no solo pide protección, exige garantías de que su trabajo y su patrimonio serán respetados. El tiempo apremia, y el silencio institucional es un cómplice más de quienes hoy saquean la riqueza pecuaria de nuestra región.