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Opinión

A veces llega alguien que ayuda a sanar

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
20 de diciembre de 2025

Ella estaba convencida de que, producto de su infancia y su relación con su papá, cargaba con una herida abierta que la obligaba a sentir siempre miedo de no ser incluida, de ser abandonada, de ser descartada, señalada y juzgada cuando hacía las cosas mal.

Por Olga Leonor Hernández Bustamante Ella estaba convencida de que, producto de su infancia y su relación con su papá, cargaba con una herida abierta que la obligaba a sentir siempre miedo de no ser incluida, de ser abandonada, de ser descartada, señalada y juzgada cuando hacía las cosas mal. Era por esa herida que se sentía insegura en sus relaciones. Era por eso y, por ende, por ella, que las parejas se aburrían y la dejaban. Ella, que quería siempre compartir espacios y experiencias; que pedía que le respondieran los mensajes; que quería hacer planes juntos; que inventaba planes sorpresa; que quería proyectarse a futuro; que pedía una llamada para saber cómo había llegado a casa; que le gustaba que conociera a sus amigos; que quería verlo. En fin, siempre ella, responsable por sus miedos e inseguridades, de fracturar el vínculo hasta que terminaba roto por completo. Cargaba con la culpa constante de estar rota y dañada, de creer que no sabía querer sin angustia y sin miedo. Quienes habían sido sus parejas se habían acostumbrado poco a poco a escucharla pedir excusas por pedir, por llamar, por querer verlos y compraron cómodamente la idea de estar lidiando con una persona dolida y dañada, a la cual querían y aguantaban, hasta que, sobrepasados por su modo de ser, tenían que dejarla. Entonces llegó él. Que la llamaba sin que ella lo pidiera. La incluía en sus planes sin considerarla invasiva. Le pedía verse hoy, mañana y pasado mañana. Le respondía un mensaje corto, cuando estaba ocupado, diciéndole que más tarde podría dedicarle el tiempo que merecía. Planeaba junto con ella los fines de semana y le traía café cuando la veía estresada por los trabajos a entregar en su maestría. Él, que le insistía en que dejara de disculparse por todo, que le pedía que confiara en que si estaban juntos en algún lugar era porque él quería y no porque le tocaba ceder a una supuesta insistencia. Y sí. Ella no era perfecta. Tenía manías que pulir y otras que eliminar. Tenía miedos sin reconocer y sombras por aceptar, pero no estaba dañada, solo se había cruzado en su camino, para bien o para mal, personas que le habían confirmado su idea de sí misma. Es que creemos que el amor se parece a las relaciones que hemos tenido. A veces se tiene la fortuna de encontrar alguien que viene a ayudar a reescribir la historia. A mostrar que se puede y se debe querer de una forma distinta, que lo que somos y con lo que cargamos no es siempre un problema. En ocasiones llegan personas que nos ayudan a resignificar nuestro pasado para dejar de sentirlo como un fardo que nos vuelve lentos y comprender que nos hace lo que hemos sido, pero no define lo que podemos llegar a ser. Gracias al universo por los amores bonitos, porque sí, existen, así cueste creerlo.