
A discernir e interpretar se aprende

La infancia, etapa crucial donde se forja la capacidad de discernimiento. Errores y decisiones de adultos impactan, ¿cómo evitar juicios prematuros que marcan a los niños?
Por Olga Bustamante Madrid En la práctica diaria por acierto y error, durante toda la vida, vamos asumiendo aprendizajes no sin antes darnos muchos tumbos y caídas. Somos tan obstinados que en muchas ocasiones admitimos como aceptables comportamientos y hábitos dañinos o desagradables, aun cuando experimentamos sus efectos nocivos. Es así como vamos desarrollando la capacidad de tomar decisiones, y esta facultad se va potencializando en la medida que aclaramos conceptos mientras crecemos. Es justamente por esto que los niños no están dotados de los elementos mentales, intelectuales ni emocionales para responsabilizarse de escoger entre lo importante y lo secundario, tampoco para rechazar lo frívolo. Menos para resolver lo trascendente. Imposibilitados para desechar lo oscuro y perjudicial. Inhabilitados para aceptar lo importante. Incapacitados para diferenciar o distinguir entre lo netamente aparente e insustancial, de lo vital, conveniente y profundo. Durante los años de infancia y adolescencia, estos van acrecentando la habilidad de discernir e interpretar con mayor sensatez y lucidez acompañados por adultos que los aman y respetan, no guiados por gustos ni obsesiones, sino por razones coherentes y convenientes. Esta es la historia de una familia con tres hijos. El mayor era un niño caprichoso, que no quiso estudiar, cumplir normas, tener disciplina y sus padres para no contradecirlo se lo permitieron; así creció haciendo su voluntad, sin horarios ni compromisos. Sus hermanos crecieron asumiendo con criterio las responsabilidades y retos, de manera que obtuvieron logros personales, crearon sus propios negocios y conformaron sus hogares. Aquel muchacho día a día notaba sus desventajas y se lo reclamó a sus progenitores cuando se hizo mayor. -¡Pero si eso lo decidiste tú! Contestaron. - Cómo se les ocurrió hacerle caso a un niño que no sabía diferenciar, no entendía nada de consecuencias. ¡Ustedes me debieron obligar!… dijo lleno de enojo y tristeza... O el chiquillo de 6 años que se montó al marco de la ventana en un 8 piso de un edificio. La mamá lo atrapó cuando casi se lanzaba, y con él entre sus brazos lloraba desconsoladamente… -Pero mamá ¿Por qué lloras? Si yo iba a caer parado… Los adultos que tenemos capacidad de razonamiento cometemos infinidad de errores. ¿Cómo podemos endilgarle a un niño decisiones que dejan huellas imborrables? Permitámosles disfrutar de esa maravillosa etapa sin que tengan que cargar el peso de fallidos juicios prematuros, que exceden no solo a su tamaño sino a su lucidez y suficiencia.