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Faltaban menos de 15 minutos para iniciar mi consulta de las 5pm, la que iba a ser la última del día, hasta que apareció en las notificaciones de la pantalla un mensaje “No quiero seguir con mi vida. Está siendo insostenible para mí todo, Siento que no voy a poder con tanto”. Agradecí que me hubiera escrito, mis pacientes saben que mi distancia con ellos son solo los segundos que tarda escribir un mensaje por WhatsApp. “No tienes que sostener todo, no tienes que poder con tanto, solo tienes que vivir ¿Nos vemos a las 6pm?” Respondí.
Faltaban menos de 15 minutos para iniciar mi consulta de las 5pm, la que iba a ser la última del día, hasta que apareció en las notificaciones de la pantalla un mensaje “No quiero seguir con mi vida. Está siendo insostenible para mí todo, Siento que no voy a poder con tanto”. Agradecí que me hubiera escrito, mis pacientes saben que mi distancia con ellos son solo los segundos que tarda escribir un mensaje por WhatsApp. “No tienes que sostener todo, no tienes que poder con tanto, solo tienes que vivir ¿Nos vemos a las 6pm?” Respondí. Ella no vive en mí misma ciudad, así que, a las 6pm, aparecimos en pantalla. Bum, bum, bum, sonaba un ruido de fondo, era como el sonido del latido de un corazón a través de un estetoscopio. “Debe ser un vecino, que tiene música alta” me dijo, pero yo me quedé con la sensación de estar envueltas en ese latido, que no se detuvo nunca durante la sesión y que de algún modo mostraba esa conexión con la vida que estábamos buscando. “Es cómo pasarse el día moviendo frenéticamente brazos y piernas para no hundirse y no ahogarse” el agua metafórica a la que se refería eran sus propios pensamientos. Sostener todo, poder con tanto, aparentar que no se está sintiendo de esa forma para que los demás no se den cuenta, para que no se cansen, para que no la dejen sola. Cargar con la culpa de ir más lento, de no sentirse bien, de sentirse por momentos perdida y asustada. Y lloró y yo estuve ahí con ella. Y no le permití disculparse por hacerlo. Y le repetí que no me canso de ella, de sus miedos y dolores, de sus prisas y sus angustias. La depresión puede convencerte de que estas aburriendo a todos, te silencias y te escondes y con eso solo se logra replegarse en un sufrimiento sordo y punzante convencido de una soledad autoimpuesta. Bum, bum, bum, seguía sonando el latido. “Hoy fue un día terrible” me dijo le pedí que me contará cómo había sido y la observé durante la narración. Halarse, forzarse, empujarse y obligarse, esas eran las palabras recurrentes, hasta que llegó a una actividad concreta de su trabajo y casi sin darse cuenta, corrijo, sin darse cuenta, se enderezó un poco, levantó la cabeza y apareció una sonrisa leve y un brillo suave en los ojos. ” Te brillan los ojos cuando me hablas de esto” le mostré “¿Sí? No me había dado cuenta… me tranquiliza saberlo”. Y apareció entonces una línea suave con la vida, algo que estaba ahí sin tener que ser forzado o fingido, que era de algún modo una expresión de ella misma, un lugar donde podía encontrarse. Encontrar una dosis de poder en medio de tanto desconcierto fue un pequeño eslabón que la conecto con una pequeña dosis de sentido. Va a ser un camino lento, pero ella sabe que yo estoy ahí y que ella conmigo no tiene que fingir que no le pasa nada. A veces conectar con la vida no depende de palabras de aliento, de motivación o de frases expertas, es cuestión de saber observar y mostrar que, en medio de tanto, hay un algo esencial que se conserva, un algo que la depresión no puede extinguir.