
20 de Enero de 1980: Hace 46 años la fiesta que se volvió luto

Hay fechas que no pertenecen al pasado. Hay días que no se archivan en los calendarios ni se diluyen con los años,
Por Silverio José Herrera Caraballo Hay fechas que no pertenecen al pasado. Hay días que no se archivan en los calendarios ni se diluyen con los años, porque quedaron incrustados en la memoria colectiva como una herida abierta. El 20 de enero de 1980 es uno de esos días para Sincelejo. No fue solo una tragedia; fue un quiebre. Un antes y un después marcado por el estruendo de la madera cayendo, por los gritos ahogados y por un silencio posterior que aún pesa sobre la ciudad. Ese día, lo que debía ser una expresión de tradición y encuentro popular terminó convertido en una de las mayores tragedias civiles de la historia reciente de Colombia. Las corralejas, símbolo festivo del mes de enero, se transformaron en escenario de muerte, dolor y desamparo. Decenas de personas perdieron la vida. Cientos quedaron heridas. Miles quedaron marcadas para siempre. Yo estuve allí. Mi familia estuvo allí. Y como muchos sincelejanos, crecí con esa imagen grabada en la memoria: la fiesta interrumpida de golpe, la confusión absoluta, el miedo corriendo más rápido que cualquier toro. Pero esta columna no es solo una evocación personal. Es un acto de memoria colectiva. Un ejercicio de respeto. Un compromiso con la verdad y con las víctimas. Porque lo ocurrido ese 20 de enero no fue un infortunio inevitable. No fue un designio del destino ni un simple “accidente”. Fue el resultado de la improvisación, de la negligencia acumulada, de la ausencia de controles y de una peligrosa costumbre nacional: normalizar el riesgo cuando se disfraza de tradición. Las graderías no cayeron solas. Cayeron porque se construyeron sin rigor técnico, porque se reutilizó madera agotada, porque se permitió el sobrecupo, porque nadie quiso asumir la responsabilidad de decir “hasta aquí”. Ese día, Sincelejo aprendió de la peor manera que la vida humana no puede quedar subordinada a la fiesta, al negocio o a la presión social. Aprendió que las tradiciones, cuando no se revisan ni se regulan, pueden convertirse en trampas mortales. Aprendió, también, que el Estado suele llegar tarde: cuando el daño ya está hecho, cuando los muertos ya no pueden hablar y cuando los heridos ya cargan su dolor en silencio. Las imágenes de ese día siguen siendo difíciles de narrar sin estremecerse. Personas atrapadas bajo la madera. Padres buscando a sus hijos entre los escombros. Cuerpos tendidos donde minutos antes había música y algarabía. El Hospital San Francisco colapsado. Médicos y enfermeras desbordados. Camillas improvisadas. Sangre. Llanto. Oraciones dichas a gritos. Y luego, el conteo frío de las víctimas, que nunca logró abarcar del todo la dimensión real del drama. Pero tan grave como la tragedia misma fue lo que vino después: el olvido progresivo, la falta de justicia clara, la ausencia de responsables plenamente sancionados. Como suele ocurrir en Colombia, el país siguió adelante, la agenda cambió, los titulares se renovaron. Las víctimas quedaron con su duelo privado. Las familias, con preguntas sin respuesta. La ciudad, con una herida que nunca cerró del todo. Recordar el 20 de enero de 1980 no es un ejercicio de nostalgia ni de morbo. Es un deber ético. Es una forma de decir que esas vidas importaron y siguen importando. Que no fueron un número más en una estadística. Que detrás de cada víctima había un nombre, una historia, una familia, un futuro truncado. También es una advertencia. Porque cuando la memoria se debilita, el riesgo de repetir los errores aumenta. Porque cuando una sociedad decide pasar la página sin aprender la lección, se expone a nuevas tragedias. El debate actual sobre las corralejas, su vigencia o su prohibición, no puede hacerse de espaldas a lo ocurrido en Sincelejo. No se trata de imponer visiones, sino de asumir responsabilidades. De reconocer que ninguna tradición puede estar por encima de la vida y la dignidad humana. Esta columna es, ante todo, un acto de respeto. Respeto por quienes murieron. Por quienes sobrevivieron con cicatrices visibles e invisibles. Por quienes ese día perdieron a un ser querido y nunca recibieron una explicación suficiente. Es también un llamado a la solemnidad: el 20 de enero no puede ser una fecha cualquiera en Sincelejo. Debe ser un día de memoria, de reflexión, de recogimiento. Como ciudad y como país, nos debemos esa honestidad. Nos debemos decir, sin eufemismos, que fallamos. Que se pudo evitar. Que no supimos (o no quisimos) escuchar las señales. Y que la única manera de honrar a las víctimas es garantizar que algo así no vuelva a ocurrir. Han pasado 46 años, pero el eco de aquel día sigue presente. No en forma de gritos, sino de conciencia. Cada vez que se habla de fiesta sin control, de tradición sin reglas, de espectáculo sin seguridad, el 20 de enero de 1980 vuelve a alzar la voz. Que esta fecha no sea solo un recuerdo doloroso, sino una lección permanente. Que Sincelejo no olvide. Que Colombia no repita. Y que las víctimas de aquella tragedia descansen, al menos, con la certeza de que su memoria sigue viva y que su muerte no fue en vano.