La invitación de Dios

La invitación de Dios

Por Selma Samur de H.

Muchas veces nos regocijamos en el rencor como si estuviéramos atesorando una prenda muy valiosa, hasta el punto de que hablamos del dolor vivido y adornamos la historia contando los más pequeños detalles de cómo pudimos adquirir ese resentimiento tan profundo que nos brota de las entrañas. Esto es posible, porque quedamos enfermos con una ceguera espiritual que nos impide darnos cuenta de que estamos guardando una ponzoña que corroe absolutamente todo nuestro ser, y que ataca, tanto los órganos físicos, como nuestro espíritu, hasta dañarlos de maneras muy diversas.
Es cierto que el odio es parecido a un veneno que nos tomamos esperando que el enemigo muera. Los primeros perjudicados con la negación a la reconciliación son los que renuncian al perdón. En el evangelio de san Mateo, cuando le preguntaron a Jesús cuántas veces se debería perdonar al hermano, él les contestó que setenta veces siete, pero además, les habló en sentido figurado, dándoles un mensaje muy interesante que hoy podemos aplicar a nuestra propia experiencia personal, ya que sin duda encontraremos buenos puntos de reflexión:
“Se parece el Reino de los Cielos a un Rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Para empezar le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó a que lo vendieran al tiempo con su mujer y sus hijos para que junto con todas sus posesiones pagara lo debido. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Estoy segura de que todos, en distintas etapas de nuestra vida, hemos tenido diferentes experiencias con relación al perdón: lo hemos pedido, suplicado, ofrecido, esperado, recibido y tal vez negado. La invitación de Dios es a perdonar a quien nos ofende para luego poder acudir en busca de su perdón, a que seamos libres de toda amargura, de sentimientos o pensamientos obsesivos que puedan llevarnos a un ánimo de desquite o venganza. Él nos exhorta a perdonar siempre, sin excepción y sin excusas. Seamos obedientes, confiemos en la sabiduría Divina que conoce lo que nos conviene. Por eso, nuestro Padre eterno nos pide cosas tan difíciles.

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