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El interés por escribir

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22 de may. de 2023

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Por José Arturo Ealo Gaviria

Me interesa escribir. Eso lo supe desde el momento que empecé a leer: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo". Al poco tiempo emborronaba unas cuantas palabras. Sí. Escribí en variados papeles, en el reverso del primer trozo de papel que hallara en mi entorno. Escasas veces acudía a mi aliada y diosa de la memoria, Mnemosine, como recurso final. Si bien es un placer, a la narrativa se le considera. En el bien y en el mal, es el primer instrumento al que instamos. Inclusive, hasta obligado a expresar de las avideces humanas y de sus cambios.

Nuestros sucesos no solo cuentan, sino que imponen a lo que vivimos una estructura y una realidad insoportable. Además, es una visión filosófica. De hecho, por su misma naturaleza, relatar da por abonado que nosotros, sus protagonistas, somos libres, a menos que estemos acorralados por el azar. Y de la misma forma dan por descontado que los humanos saben cómo es el mundo, qué se puede esperar de él, asimismo qué se espera de ellos. Narrar es un arte profundamente popular. Manipula creencias rutinarias de acuerdo a cada persona y la naturaleza de su mundo. Contar historias es nuestra herramienta para llegar a un acuerdo con las sorpresas y lo extravagante de la condición humana. Las historias hacen menos maravilloso, menos antiguo, el estupor… lo inesperado. Le dan un aura semejante a lo común. "Es rara esta historia, pero tiene un rumbo, ¿cierto?". ¡Expresamos eso al leer el "Frankestein" de la escritora británica Mary Shelley!

Al narrar erigimos, reconstruimos y reinventamos nuestro ayer, hasta nuestro porvenir. La memoria y la imaginación se funden en este proceso. Es más, al crear universos posibles de ficción. No abandonamos lo común, sino que lo amparamos, transformándolo en lo que podría ser. La mente del hombre, por muy activa que esté su memoria o bien agudizados sus sistemas de registro, no podrá librar por completo y de modo fiel el pasado. Pero tampoco podrá huir de él. La memoria y la imaginación sirven de surtidores y consumidores de sus mutuas mercaderías. La ficción narrativa crea mundos posibles, pero inferidos a lo que está al alcance de nuestra percepción, por más alto que puedan elevarse sobre aquél. El arte de lo posible es un arte riesgoso. Deben tener en cuenta la vida tal como la conocemos y seducirnos con posibles elecciones que la trascienden.

Al narrar erigimos, reconstruimos y reinventamos nuestro ayer, hasta nuestro porvenir. La memoria y la imaginación se funden en este proceso.