
¡Ay, Harvard!

Un profesor de Harvard renunció por un chiste sobre el clímax femenino. Otra docente fue despedida por hablar de la testosterona. La "ideología woke" impera.
Por Álvaro Bustos González Hace un tiempo, un profesor de politología de la Universidad de Harvard tuvo que renunciar a su cargo porque se le ocurrió comparar, en una celebración con un grupo de estudiantes, el sonido del descorche de una champaña con el gemido de una mujer en su clímax. ¡Para qué fue eso! Una de las alumnas, imbuida de la ideología woke, se sintió ofendida en lo más profundo de su pudor, activó la ruta de los guardianes de la virtud (unos psicólogos encargados de desvelar a los demonios de la seducción y de defender la pureza de alma de unas nínfulas atormentadas), armó la trapatiesta, se declaró afectada y se sumió en un dolor inapelable que cobró la cabeza del ilustre catedrático. No hubo remedio: allá priman hoy las susceptibilidades suspicaces de las supuestas víctimas sobre cualquier forma elemental de la racionalidad. Un mal chiste, y además inexacto, se convirtió en el desiderátum de una degollina. Días atrás, la doctora Carole Hooven, docente de endocrinología, también tuvo que tomar las de villadiego en Harvard porque dijo en una conferencia algo obvio: que la testosterona, hormona masculina por excelencia, influye notablemente en el deseo sexual de la mujer y en sus cambios emocionales, siendo determinante durante la menopausia, producida en el estroma ovárico, cuando funge como proteína salvífica del amor otoñal. Pero, como tantas veces, una vez más se esparascó el avispero y se armó la tremolina. La ideología woke, que no permite ningún vínculo hormonal entre el hombre y la mujer, logró su cometido y la doctora Hooven fue enviada a freír patatas por haber dicho algo estrictamente biológico y verdadero: que hombres y mujeres compartimos unas sustancias químicas que son capaces de hacernos más felices cuando nos amamos. Así las cosas, voy a proponer, para estar a tono con Harvard y pasar a la historia de los premios Ig Nobel, en nombre de algunas nociones que he aprendido en el campo de las infecciones, que, en aras del respeto a los seres microscópicos y del acatamiento a la trascendencia incontaminada de la multidiversidad, se prohíba de aquí en adelante el tratamiento antibiótico de virus, bacterias, parásitos y hongos patógenos, porque los seres humanos no tenemos derecho a matar a unos animáculos que hacen parte de nuestros ecosistemas, de nuestra flora corporal y de la hermosa y prolífica fauna terrenal y cósmica que nos acompañará hasta el final de nuestros días. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.