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Opinión

Ya verán

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
14 de septiembre de 2025

Todo fanatismo es, por naturaleza, enfermizo. Creer en algo de manera obcecada, y convertirlo en una especie de religión prohibicionista, presupone una categoría moral superior ante la que los demás mortales deben prosternarse en un acto de obediencia servil.

El fanático es un iluminado y, en ese sentido, él cree poseer el sumun de las virtudes en torno a su fijación, que considera el más elevado rango de la pureza del espíritu. La prohibición de las corridas de toros, de las fiestas de corraleja, de las peleas de gallos y del coleo borraron de una plumada centenares de años de unos arraigos culturales de los que muchos nunca hubiéramos abjurado. ¿Qué le pasa a un ser humano que se conduele por la muerte de un toro de lidia en el ruedo y se mantiene impasible frente al hecho del feticidio y el aborto provocado en la semana 24 del embarazo? Eso no tiene respuesta, ninguna respuesta. Siempre se dijo de los animales que cada uno de ellos, según su condición, viviría su propia vida de acuerdo con las disposiciones del ser humano. De hecho, ahí están las mascotas llenando de ternura y sentimientos bondadosos a sus dueños, emperifolladas, perfumadas, peluqueadas y adornadas, con joyas y manicura, sin que nadie les hubiera preguntado si ese debería ser su destino. Ahí están los indolentes gatos, trabajando con sus amos en pro de la eliminación de los pérfidos ratones, cuyas muertes en trampas y en las garras de los félidos a nadie conmueven. El gallo fino solo sirve para pelear; su carne es dura y poco apetecible en el menú. El toro de lidia está hecho (porque es un producto de la zootecnia) para combatir con el hombre o la mujer que sean capaces de lidiarlo con arrojo, honrando artísticamente su bravura. La suerte de varas es necesaria para descongestionarlo, medir su raza y ahormarle la embestida: no es una tortura. Las banderillas se usan como avivadoras, y la muerte a estoque hace parte del ritual y de la eterna metáfora que encierran la vida y la muerte. La prohibición de la cultura es una avilantez. Ya verán cómo van a proliferar clandestinamente las peleas de gallos y el coleo. Ya verán cómo los animalistas no se van a inmutar por la cruel desaparición de una especie única, ni por los perjuicios económicos resultantes. Eso sí no les va a doler. Ya verán.