
¿Y si fuera tu hija, qué?

La explotación sexual infantil, una violación de derechos humanos, trasciende la imagen de la calle. Poder y dinero perpetúan el abuso, normalizando la violencia contra niñas vulnerables.
La explotación y violencia sexual es una de las formas más terribles de violación de los derechos humanos, especialmente cuando las víctimas son niñas y adolescentes. Cuando hablamos de estos temas, se tiende a pensar en la violencia sexual como un hecho aislado y realizado por encapuchados, sin embargo es importante dejar de lado esta errónea idea y atender una realidad: la normalización de este delito y el aprovechamiento de hombres con poder adquisitivo de las necesidades de estas. No se trata solamente de niñas obligadas a prostituirse en las calles, aunque esta sea la imagen que comúnmente se nos viene a la mente. La explotación sexual también se da en otros ámbitos, de manera más sutil pero igualmente dañina. Muchas veces, algunos hombres con posición social o con poder económico se aprovechan de niñas y adolescentes vulnerables que buscan una forma de subsistencia o que carecen de recursos para tener una vida digna. Estos individuos, que en ocasiones se jactan de estar con jovencitas, indicando con gracia que les compran "las cositas", no están teniendo relaciones consentidas y mutuamente satisfactorias, están cometiendo abuso sexual y explotación. Es crucial entender que el abuso sexual no se limita únicamente a la fuerza física. Este también se da cuando una persona utiliza su posición de poder, su influencia o su superioridad económica para manipular, coaccionar o sobornar para llevar a cabo actos de índole sexual. Es lamentable constatar la doble moral de nuestra sociedad, en ocasiones, tiende a juzgar y etiquetar, en este caso a las adolescentes, en lugar de buscar protegerlas y brindarles el apoyo que necesitan. Se les acusa de ser promiscuas, adelantadas o se murmura "uyy mírala con el viejo", cuando en realidad son víctimas de una explotación y abuso sistemático, y a él hasta se le sonríe si se le conoce, pues como no se le saluda a "Sutanito de tal". Nuestros criterios y juicios de valor no pueden depender de la identidad de las personas involucradas. Pregúntate ¿y si fuera tu hija? ¿Cómo reaccionarías? Es fácil mirar hacia otro lado cuando no nos afecta directamente, cuando no es nuestra propia sangre la que corre peligro. Pero la realidad es que este flagelo afecta a más niñas inocentes de lo que podamos imaginar. Repito inocentes, aunque se ponga entre dicho, pues la inocencia es inherente a la niñez, y aunque sea robada, permanece en el alma. No debemos dejar que las diferencias sociales o económicas determinen el destino de estas niñas. No importa quién sea el agresor, si es un desconocido o una persona cercana, si tiene poder adquisitivo o no. Todas las formas de violencia sexual son inaceptables y deben ser castigadas con la justicia y con nuestro rechazo social.