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Opinión

¿Y si fuera tu hija? II

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
23 de mayo de 2026

El cuerpo de las mujeres ha sido, a lo largo de la historia, territorio de conquista, dominación y comercialización. No como metáfora, sino como práctica sostenida, legitimada y, en demasiadas ocasiones, normalizada. Un territorio que se explota mientras resulta útil y se descarta cuando deja de serlo. Lo que ha cambiado no es la lógica, esa permanece intacta, sino la sofisticación con que la sociedad aprende a convivir con ella sin sentir culpa.

Quizá una de las formas más peligrosas de violencia no sea la explícita, sino aquella que deja de parecer violencia. La que se vuelve costumbre. Chiste. Rumor. "Decisión personal". La que se aprende tan temprano que termina confundiéndose con libertad. Le ponemos precio al cuerpo de las mujeres, las dejamos desprotegidas y después fingimos sorpresa cuando alguien entiende que puede comprarlas. Enseñamos, de manera silenciosa, que el dinero puede abrir puertas que la dignidad intentó cerrar. Y luego llamamos “cliente” al que paga, como si las palabras pudieran limpiar la violencia de aquello que nombran. El lenguaje importa. Mucho más de lo que creemos. Porque hay palabras que describen y otras que absuelven. Y precisamente sobre eso, la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia acaba de decir algo que obliga a mirar de frente lo que durante años preferimos disfrazar: la prostitución no es una actividad neutra ni voluntaria en términos abstractos. Es un sistema de desigualdad y discriminación basado en el sexo, que reproduce relaciones históricamente desiguales de poder y configura una forma de violencia. Y quien paga no es un simple cliente. Es un explotador directo. Pero las sentencias, por sí solas, no transforman culturas. Apenas las interpelan. Porque el verdadero problema no está solo en quien paga. Está también en la sociedad que aprendió a justificarlo. En esa moral fragmentada que se escandaliza de la mujer y comprende demasiado rápido al hombre. La misma que destruye reputaciones femeninas mientras protege silenciosamente a hombres "importantes", "exitosos", "respetables". Como si el estatus tuviera la capacidad de borrar el daño. Hay algo profundamente roto en una sociedad que todavía cuestiona por qué una mujer llegó allí, pero casi nunca dice por qué un hombre creyó tener derecho a acceder a ella. Y no, no siempre se trata de cadenas visibles. A veces las cadenas son el hambre. El abandono. El miedo. La necesidad. La falta de opciones. La violencia previa. La infancia rota. La desigualdad aprendida desde niñas. Porque la desesperación también condiciona. También somete. También empuja. Lo verdaderamente inquietante es que muchos hombres jamás aceptarían ese destino para sus hijas, sus hermanas o sus madres, pero no dudan en financiarlo sobre el cuerpo de las hijas de otros. Ahí está la fractura moral. Ahí está la contradicción que nadie quiere nombrar. Porque mientras sea la hija de alguien más, siempre habrá quien encuentre cómo justificarlo.