
¿Y quién cuida a las que cuidan?

El agotamiento emocional de las mujeres cuidadoras impacta su salud física y mental. En Colombia, dedican horas al trabajo doméstico, comprometiendo su bienestar y acceso a atención médica.
Por Glenda K. Fuentes El agotamiento emocional de las mujeres que sostienen todo. No es una metáfora. Las mujeres que cuidan se están enfermando. Literalmente. Fibromialgia, lupus, hipotiroidismo, fatiga crónica, ansiedad, depresión, insomnio. Y en los casos más dolorosos, cáncer detectado tarde. No porque no se quisieran cuidar. Sino porque no podían parar. Porque mientras sostenían todo, nadie las sostenía a ellas. En Colombia, el 89 % de las mujeres participa en actividades de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Dedicando en promedio más de 7 horas diarias a estas tareas, tres veces más que los hombres. El cuidado se ha convertido en una carga silenciosa que no solo limita su acceso al empleo y la educación, sino que compromete directamente su salud física y mental. Estudios han documentado que las mujeres cuidadoras tienen mayor prevalencia de enfermedades asociadas al estrés, como trastornos musculoesqueléticos, cardiovasculares, inmunológicos y mentales. En muchos casos, ellas son las últimas en recibir atención médica, y cuando acuden, ya presentan cuadros avanzados o crónicos, precisamente porque no pueden dejar de cuidar para cuidar de sí mismas. Muchas mujeres, además de trabajar formalmente, cargan con el cuidado del hogar como una segunda jornada no remunerada. Otras no tienen empleo formal porque el cuidado les consume el tiempo, la energía y la posibilidad de buscar independencia. Y en ambos casos, su labor sigue siendo invisibilizada, no reconocida ni compensada. En medio de ese escenario, la violencia económica aparece con más frecuencia de la que se reconoce, sobre todo en relaciones de pareja donde el hombre tiene los recursos, pero decide no facilitarle la vida a quien cuida. Mujeres que son tratadas como una carga. A quienes se les hace sentir que "no producen", que "solo están en la casa", que "no tienen derecho a pedir". Muchas veces, minimizadas, humilladas o controladas financieramente por sus compañeros, en vínculos donde el dinero se administra como forma de dominio, y no de corresponsabilidad. No porque no haya recursos. Si no porque algunas veces no hay voluntad de compartirlos. En ese desequilibrio, muchas mujeres terminan atrapadas: cuidando sin respiro, con la autoestima en el suelo, sin ingresos propios, sin siquiera poder atender su salud cuando enferman. Y sí, cuando enferman, esa responsabilidad no es solo del sistema de salud ni del Estado. Es también de quienes, teniendo cómo aliviar la carga, decidieron aumentarla. Esos hombres —que no solo se desentienden, sino que humillan, anulan o castigan económicamente— llevan consigo una responsabilidad moral concreta en el deterioro de la salud física, emocional y mental de las mujeres con las que conviven. El silencio, la indiferencia, la humillación, la omisión también enferman. Cuidar es un acto de amor. Pero, amar no debería costar la salud. No debería doler. No debería matar en silencio. Y sin embargo, está pasando todos los días.