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Opinión

¿Y dónde están los humanos?

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
21 de febrero de 2026

Hay una generación buscando en qué convertirse. Lo más preocupante no es que algunos estén mirando hacia los animales. Lo más preocupante es lo que encontraron cuando miraron hacia los humanos.

Se habla hoy de therians: personas que se identifican con lobos, cuervos, zorros. El fenómeno provoca burla, alarma o titulares fáciles. No merece ni tanta validación ni tanto escándalo. No porque sea irrelevante, sino porque no es ahí donde está el problema. Antes de burlarnos, habría que hacerse una pregunta incómoda: ¿qué modelo de humanidad le ofrecimos? Porque el primer animal que un niño aprende a imitar a veces está en casa. No en TikTok. En la mesa. Violencia, indiferencia, corrupción. No como conceptos abstractos, sino como prácticas cotidianas normalizadas. Como formas de relación. ¿Y entonces nos sorprende que busquen otro modelo? La humanidad siempre ha usado lo animal como símbolo. Tótems, máscaras, rituales de transformación. Nada nuevo. Lo que sí es nuevo es la magnitud del vacío que dejamos. Una generación sin referentes reales termina buscando identidad en cualquier forma que le ofrezca sentido de pertenencia. Y mientras eso ocurre, nadie señala lo evidente: que los mismos adultos que fallaron en casa son los que luego gobiernan, sentencian, dirigen y educan. El círculo no se rompe solo. Y mientras nos entretenemos discutiendo performances, los verdaderos animales siguen intactos. No los que se nombran y visten de manera "graciosa". Los que actúan y se esconden. Los que abusan y lo llaman impulso. Los que dominan y lo llaman autoridad. Los que destruyen y se refugian detrás de cargos y prestigio cuidadosamente construido. Esos no necesitan identidades alternativas. Usan precisamente lo humano, la razón, la ley, el lenguaje para justificar lo que hacen. Ahí está la perversión real. El animal actúa por sobrevivencia. No por placer del daño. No construye jerarquías para perpetuarse. No pacta silencios ni fabrica la ley a su medida. Eso lo inventamos nosotros. Y lo perfeccionamos hasta hacerlo invisible. No me preocupa lo que algunos expresan, sino por qué otros dañan. No inquieta la forma, inquieta la causa. Preocupa que lo verdaderamente animal no sea la identidad, sino la normalización de los comportamientos desbordados, destructivos y sin raciocinio en quienes se llaman humanos. Tal vez el debate no sea si alguien se identifica con un animal, sino en qué momento dejamos de ofrecer una humanidad habitable. Una humanidad que mire, que sostenga, que ponga límites sin humillar. Una humanidad que inspire. Mientras no revisemos eso, seguiremos señalando síntomas y evitando el diagnóstico. Porque una sociedad que no cuida a sus hijos no puede escandalizarse cuando ellos buscan refugio en otra piel. Entonces sigue ahí, incómoda y sin maquillaje, la misma pregunta: ¿y dónde están los humanos cuando más se les necesita?