
Votar por la muerte

Este domingo Colombia decide si normaliza la degradación del sistema de salud como paisaje cotidiano o si le pone freno a un experimento ideológico que convirtió la atención médica en un campo de batalla política.
Nunca había sido tan evidente la distancia entre la propaganda oficial y lo que vive la gente en la vida real. Mientras desde la Casa de Nariño se recitan discursos triunfalistas, miles de pacientes peregrinan entre farmacias, autorizaciones represadas y citas inexistentes. El problema, además de la crisis financiera del sistema, es un gobierno que convirtió la salud en una mezcla tóxica de arrogancia, improvisación y fanatismo político. El presidente ha demostrado una alarmante incapacidad para comprender conceptos básicos de epidemiología, salud pública y administración sanitaria. Opina con ligereza sobre vacunas, medicamentos, mortalidad y modelos de atención como si gobernar fuera escribir cadenas de X a las tres de la mañana bajo el influjo de cafeína. Confunde tendencias globales, digitalización, avances tecnológicos y nuevas dinámicas demográficas con supuestos logros personales, mientras el sistema se deteriora frente a los ojos de todo el país. Y los datos son devastadores, las EPS intervenidas por el gobierno empeoraron. La Contraloría advirtió que las intervenciones no han cumplido su objetivo y que aumentaron las quejas, las deudas y las fallas en acceso a medicamentos y servicios. Nueva EPS disparó sus reclamaciones y profundizó su crisis financiera tras la toma estatal. Pacientes con enfermedades huérfanas y crónicas hoy enfrentan retrasos absurdos para recibir tratamientos esenciales. Incluso se han documentado muertes asociadas a la falta de entrega oportuna de medicamentos. Mientras tanto, el modelo excepcional del magisterio terminó convertido en un monumento al fracaso administrativo. El Fomag y Fiduprevisora prometieron una revolución en atención primaria y terminaron ofreciendo caos, demoras, improvisación y escándalos permanentes. Lo vendieron como el futuro del sistema y terminó siendo una advertencia de lo que pasa cuando el sectarismo reemplaza la gestión. El resultado está en las calles y en las urgencias, con más barreras administrativas, más cierres de servicios, más tutelas, más pacientes abandonados y más familias viendo agravarse enfermedades controlables por culpa de trámites ridículos. Los “paseos de la muerte”, que parecían una vergüenza del pasado, reaparecieron como síntoma de un sistema asfixiado por decisiones políticas incompetentes. Los gobiernistas insisten en negar la realidad. Todo es culpa de "mafias", de "saboteadores", de "oligarquías". Nunca de su incapacidad. Nunca de sus errores. Nunca de su obsesión enfermiza por destruir antes de construir. Quien vote este domingo por el continuismo no podrá decir después que no sabía lo que estaba respaldando. Está votando por un modelo que produce pacientes sin medicamentos, hospitales quebrados, corrupción enquistada, funcionarios improvisando sobre la vida de millones y una política sanitaria manejada con el ego de un caudillo y el rigor técnico de un influencer borracho. Colombia necesita gobernantes capaces de administrar, escuchar evidencia y entender que en salud la incompetencia se mide en muertos.