
¡Viva Cristo Rey!

Antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, todo el planeta se debatía entre la barbarie infernal y las tinieblas del paganismo.
Desde los tiempos de Adán y Eva, Dios Padre y Creador del Universo había trazado un Plan Divino de Salvación para todos, pero le surgió un enemigo para torcerlo: el pecado. Valiéndose de los fétidos recursos de la tentación hizo caer a Eva y luego a Adán. La historia es conocida por todos: el enemigo se hizo el dueño de este mundo. A lo largo y ancho del Antiguo Testamento se nos cuenta la historia del pueblo que Dios se escogió para plantar la semilla de Su Reino en la Tierra. Dios nos hizo conocer Su Ley y nos envió Profetas, pero muchas veces desviamos el camino, actuamos contra la Ley, matamos a sus Profetas y cometimos crímenes atroces que nos hicieron merecer la implacable Justicia Divina. Hasta que el Altísimo tuvo misericordia de nosotros y, en Su Infinita Sabiduría, decidió bajar al mundo para salvarnos a través de Su Hijo. Dios, Padre Creador, se hizo también Hijo Redentor, por obra y gracia del Espíritu Santo. Jesús nació de José y María, descendientes del rey David, lo que quiere decir que es de estirpe y sangre real. Pero la realeza de Jesús no es como las otras. Él pudo haber escogido un castillo para nacer, pero prefirió un humilde pesebre: junto al burro y al buey. Como el dueño de este mundo es el pecado que divide al Pueblo de Dios y siembra cizaña, desde su primera infancia a la Sagrada Familia le tocó huir, esconderse y exiliarse. Mientras crecía en conocimiento y sabiduría, el joven Galileo sobresalía porque la Gracia y el Amor de Dios resaltaban en su Presencia. Pasados los 30 años, cuando comenzó a sanar, liberar, devolver la dignidad y enseñar a las multitudes, Jesús de Nazaret se manifestó como "el Camino, la Verdad y la Vida". Nadie va al Padre sino por Él, que es Rey de Reyes y Señor de Señores, no porque oprima sino porque libera y está entre nosotros "como el que sirve". Su realeza es inspiradora, porque no odia, sino que nos ama a todos y nos ayuda a cargar nuestras propias cruces. "Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí… Yo soy Rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz".