
Virutas pasajeras

En un futuro incierto, la democracia, la ideología de género y el animalismo podrían transformarse. La obra explora cómo el feminismo y el lenguaje inclusivo podrían cambiar radicalmente.
Por Álvaro Bustos González No me imagino cómo serán las novelas del futuro, pero es probable que algunas de ellas hagan referencia a una época en la que el concepto de democracia se desnaturalizó de tal manera que los elegidos con el voto popular inventaron una forma burda de robarse las elecciones para perpetuarse y acabar con la división de poderes. El tema de la ideología de género, debido a las evidencias científicas que se conocieron y aceptaron desde siempre, irá languideciendo con el tiempo y las cosas volverán a su estado natural: usted es hombre o mujer, y bien puede hacer con su cuerpo lo que a bien tenga independientemente de su condición sexual, sin invocar la trajinada memez de que "yo soy como me percibo". El animalismo llegará, tarde o temprano, a recuperar la antigua idea de que el animalito más lamentable y desprotegido que existe es el ser humano, capaz de cosas maravillosas y horrendas, y por eso hay que ponerle la máxima atención desde que nace, inculcándole la vieja noción de los principios en honor a un viejo sabio del siglo XX, el de la Teoría de la Relatividad, quien afirmó que el problema no es de física, sino de ética. El ambientalismo supérstite, porque la ciencia ya habrá resuelto las preocupaciones sobre las energías no renovables, se ocupará de embellecer los jardines y los bosques, y eso podría darles a los escritores del porvenir nuevos pretextos para volver sobre el tema del romanticismo, ya olvidado en aras de la masculinización de las mujeres y la feminización de los hombres. Para esto, los narradores se fijarán en el lenguaje impúdico de las jóvenes y en los gimnasios donde depilan, maquillan y tornean el cuerpo masculino hasta dejarlo en un estado filipichinesco. Del feminismo a ultranza solo quedarán jirones. La naturaleza de la mujer, con su pudor natural y su perfidia, sus misterios y venganzas, su ternura y sus contradicciones, reemergerá de sus cenizas para seguir siendo el sostén y el equilibrio de las locuras de los hombres, quienes terminarán aceptando resignados que la virtud encarnada en las damas, en el infinito amor que les profesan a sus hijos y en su capacidad de trabajo, merece el mayor de los respetos, para que por dentro de ellas siga transcurriendo felizmente la eterna corriente de la vida. Quedaría por mencionar el lenguaje incluyente, cuyas idioteces lo están matando, al parecer para siempre.