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Opinión

Violencia en los estadios

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
14 de julio de 2024

El fútbol, un campo de batalla donde la "habilidad" y la "táctica" orquestan un conflicto con raíces bélicas. La violencia se expande, reflejando tensiones sociales y la militarización de las hinchadas.

Por José Arturo Ealo Gaviria El fútbol es una prolongación de la guerra en otros escenarios con un tiempo suplementario. El conflicto es inherente al fútbol. Encarna una disputa desencadenándose entre dos bandos por alcanzar la victoria y todos los medios posibles a su alcance. No siempre se desarrolla de manera pacífica. Dicho juego está impregnado por la inclusión de principios, categorías y lenguajes de la guerra. Sobre esa grama se despliega la "habilidad" y la "táctica" como organizadores pacíficos del conflicto. Se inician a las "hostilidades", que mejor se le llama "contienda". Toda una artillería que se desplaza para fusilar. El disparo de balonazos tipo "misil", la existencia de "bombazos", el cobro de tiros libres y la falta máxima de un penal cuando el guardameta está listo a manera de escudo o de bastión para tapar un cañonazo o dejarse vencer por un balón bombardero. La emergencia de barras bravas ha representado la militarización del hincha del fútbol. El control parcial de la violencia en las canchas no ha significado su desaparición sino un desplazamiento expansivo hacia otros espacios, como es la llamada violencia de los estadios. De esta manera se percibe el tránsito de la furia de jugadores en la cancha hacia las gradas, donde están los espectadores; es decir, de los futbolistas a los seguidores, inscrito en el hecho histórico de la transición del fútbol como espectáculo. La violencia en los bordes coincide con el incremento de la violencia a escala planetaria, con lo cual se producen mutuas interacciones entre la agresión general y la del fútbol en particular. La furia se "territorializa", porque ocurre en algún lugar y porque el atropello del fútbol, más que ningún otro, propende a connotar el espacio con cargas simbólicas e imaginarios sociales. La violencia del fútbol se expande y la violencia de la sociedad crece, históricamente tienden a encontrase. Las representaciones simbólicas de los equipos vinculados a las religiones, a la política, a las instituciones, a las regiones o a las ciudades ya son una forma en que lo social y lo futbolístico generan un espacio común. A nivel de las hinchadas, sin duda el fenómeno de las pandillas no es muy distante ni tampoco distinto a las barras bravas. Siempre habrá el peligro de que con estas medidas los hinchas se conviertan en espectadores controlados y disciplinados, alejados de la participación en el partido; es decir, de la pérdida de su condición de actor.