
¿Vieron al pueblo?

El concepto de "pueblo" y la revolución, instrumentalizados por líderes, contrastan con la reciente manifestación ciudadana. El autor critica la manipulación y el narcisismo en el gobierno actual, instando a la racionalidad y pragmatismo.
Por Álvaro Bustos González* La palabra pueblo, al igual que el vocablo revolución, por decenios ha sido utilizada como un talismán que persuade por su sentido intrínseco, el que a su vez nace del sufrimiento puro de los desheredados y del mesianismo de sangre derramada de los vengadores. Los espíritus justicieros, llenos de abstracciones teóricas e idealismos, invocan los dos términos de manera concluyente: el pueblo es esa masa sufrida que requiere un salvador, y la revolución es la única opción posible para derrocar al establecimiento esclavista que por siglos lo ha subyugado. Resulta que para algunos iluminados el pueblo les pertenece en cuerpo y alma, y por eso piensan que lo interpretan a cabalidad y para siempre, arrojándole a los pies, en forma de subsidios, los mendrugos del rico Epulón. Ese tipo de relaciones, muy eficaces en los regímenes despóticos, les sirven a los tiranos para mantener oprimidos a sus súbditos con la letanía, de dudoso contenido espiritual, de que siempre existirá la esperanza de una vida mejor en la medida en que el imperialismo sea derrotado. Rusia y China, sin embargo, ostensibles dictaduras de partido único, no hacen parte de esa noción imperial. Raro, ¿no? El domingo pasado vimos una masiva y contundente expresión pacífica de inconformidad contra el gobierno, y el mensaje fue claro: escuchen, revisen, consulten a quienes disponen de conocimientos científicos y experiencia, y déjense de empecinamientos doctrinarios; no destruyan lo que hay en materia de institucionalidad y Estado de Derecho, y por ningún motivo acaben con la imperfecta democracia que tenemos. Mejor dicho: sean racionales y pragmáticos. Me temo, no obstante, que esto no va a suceder, porque estamos gobernados por un mitómano delirante cuyo trastorno narcisista de la personalidad y su megalomanía no admiten sino relaciones de vasallaje. Sabido es que quienes se oponen o desobedecen a estos individuos son víctimas perpetuas de sus rencores y agravios. La manipulación es su arte. Para ellos el mundo, al igual que el pueblo, está cortado a su medida. No admiten su falibilidad. El amor a sí mismos, sentirse el centro del universo, es su perdición, y el día que se percatan de sus iniquidades interiores les pasa lo que a Narciso, que vio desaparecer su imagen en el espejo evanescente de una laguna. Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.