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Opinión

Victorias tempranas

Fernando Negrete Montes
Fernando Negrete Montes
Columnista
15 de febrero de 2024

El capital inicial y su evolución en las empresas definen el crecimiento económico. El cambio del trabajo físico al intelectual exige mayor preparación, pero atajos y corrupción amenazan el progreso.

Por Fernando Negrete M. En la teoría del crecimiento económico hay un punto de partida que está dado por el capital inicial requerido para iniciar una empresa cuyas condiciones han cambiado a medida que se va pasando de la producción intensiva en trabajo físico o material, a aquella en la que prima el trabajo intelectual y que requiere, desde luego, mayor preparación y formación del formulador y ejecutor del proyecto. En el primer tipo de empresa centrada en la producción de mercancías para un mercado, la necesidad de espacio, los asuntos de transporte y los equipos utilizados, elevaba el monto de ese capital frente a la oferta existente que podía estar en poder del sistema bancario, de prestamistas particulares o de herencias que atinaban a poner en circulación lo acumulado y que tenían que esperar largos períodos para la recuperación de la inversión. Este es el típico caso seguido por la mayoría de los emprendimientos cuyo término de victorias tempranas solo se conoció en el sector productivo, cuando se logra alcanzar altos niveles de desarrollo tecnológico que son resultado de la investigación y la ciencia aplicada y para lo cual, la persona y la sociedad se prepararon durante décadas hasta situarse en la frontera del conocimiento que abre puertas en la historia. Al productor, individual o asociado, le interesa aumentar sus ventas y obtener una ganancia que permita crecer su negocio, por lo que está obligado a optimizar sus recursos, hacer más eficientes sus procesos, mejorar la calidad de sus productos y su éxito depende de la constancia y atención a su actividad y de un entorno favorable, que le facilite seguir creciendo, desarrollarse y generar rentas para la sociedad. Bajo estas premisas, el sector educativo jugaba un papel esencial porque las personas estaban convencidas que para triunfar, debían dedicarle bastante esfuerzo a su formación y que las cosas no se obtenían por arte de magia, sin desconocer que muchos empresarios no entendían que para una mayor venta de sus productos, la población debía disponer de un mayor ingreso, asunto que se fue dando a medida que la organización empresarial crecía y se hicieron manifiestas al integrar el aparato productivo con el medio, con los vecinos. Se afianzaba en la memoria colectiva la idea que para progresar y lograr la paz, debía mediar la preparación, formación, conocimiento y empatía, asunto que empieza a desdibujarse hoy cuando se cambian estos paradigmas por los atajos, la violación a la ley y el acceso a las cosas por la presión guiados por impulsos desde el poder que destruyen y entran en conflicto con la educación y la decencia, cuyos resultados no son victorias tempranas, sino pérdida de valor y la necesidad de otros cien años para recomponerlos, tal incendios forestales que destruyen la flora, fauna y trabajo humano realizado durante centurias.