
Vicisitudes del debate electoral

A solo tres semanas del debate electoral para elegir presidente, varios hechos relevantes estorban e inciden en él y desorientan al electorado. Me referiré a una guerra de encuestas irresponsablemente desatada por quienes tienen intereses en los resultados de ellas. Voces autorizadas coinciden en que la encuesta la gana quien la paga, lo cual introduce de antemano una suspicacia sobre sus resultados.
¿Cómo hacer para que un candidato de la preferencia del encuestador logre el mejor resultado? Manipulando el sistema de preguntas o cuestionario, en primer lugar. En segundo lugar, formulando el mayor número de preguntas en los lugares del país donde se sabe que ese candidato tiene preferencia. En tercer lugar, escoger los encuestados según el estrato social, profesional, laboral, etc., que puedan arrojar el resultado esperado. En cuarto lugar, cerrar el número de encuestados cuando el resultado esperado se haya obtenido y, finalmente, en unas opciones de muchos candidatos como en estas elecciones, ordenando el puesto del candidato preferido en un orden que el encuestado lo recuerde fácil, especialmente cuando las preguntas son vía telefónica. Esto que he señalado no es un invento. La técnica de preguntas no es algo inocente y pude constatarlo en mis largos años al frente de la investigación sociojurídica y en la utilización del método IAP (Investigación por Acción Participativa), en el que había que tener mucho rigor con los cuestionarios de los estudiantes y profesores investigadores para evitar resultados no confiables. Pues esta guerra de encuestas lo que está haciendo es confundiendo al electorado en vez de clarificarle un camino correcto a las urnas. En este sentido, debe dársele rigurosa aplicación a la Ley 2494 de 2025, que establece medidas precisas sobre elaboración, publicación y divulgación de encuestas electorales. Especialmente porque ninguna encuesta es científicamente representativa de la intención de voto de los 35 millones de ciudadanos del censo electoral, sino de minorías demasiado pequeñas que los encuestadores necesitan para su resultado final. Finalmente, a más de lo dicho, las redes sociales han inundado al electorado de datos falsos de intención de voto hasta el punto de que un fulano aparece ganando las elecciones con el 80% de los votos, pero el mismo personaje aparece perdiéndolas por el mismo porcentaje en otra actualización de la misma red. Estos actos irresponsables deben ser castigados y penalizados en aras de un debate limpio en el cual está en juego nada menos que el futuro de la República.