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Opinión

Vibrar en la misma sintonía

Olga Lucia Bustamante Madrid
Olga Lucia Bustamante Madrid
Columnista
24 de febrero de 2024

Un recorrido emotivo celebra 70 años, marcados por risas, lágrimas y amor. La autora reflexiona sobre el apoyo de seres queridos y la importancia de la aceptación para una vida plena.

Por Olga Bustamante M. 70 años no son 'un coco' en mi vida. Son la sumatoria de pasos, unos rápidos, otros lentos; algunos certeros, otros vacilantes. Todos dejando huellas imborrables, plasmadas en la mente y el corazón. Una colección de sueños, muchos alcanzados de la mano de seres que estuvieron ahí, en el momento justo, para avanzar decidida con su apoyo; otros, presentes, para detenerme titubeante, ante lo inconveniente. Eso han sido ustedes: familia y amigos. Soporte, en el guion que aún se escribe, de mi existencia. La risa ha sido mi mejor acompañante para celebrar la vida. Muchos han reído conmigo, con otros compartí lágrimas de alegría o de tristeza. Esos dos sentimientos son complementarios, la risa y el llanto. Nada ha sobrado nada ha faltado. Los momentos placenteros han resignificado los momentos difíciles, nos han hecho solidarios y valientes. He conocido el amor en su verdadera dimensión. Este se reconoce y se expresa en la adversidad, cuando el bienestar ajeno importa tanto como el mío propio. Grande es el que se acerca al dolor del otro, para disminuir la intensidad de los miedos y la congoja. El que alumbra el camino de quien se siente perdido. Con personas así, he tenido la fortuna de compartir mi existencia, ellas son tesoro invaluable. La rutina diaria se manifiesta con diversidad de vibraciones, algunas veces altas, otras bajas. El manejo de ese vaivén incontrolable de situaciones y personas, solo se hace posible con el acompañamiento protector, de una dimensión no medible cuantitativamente, pero si apreciable, porque crea en nuestro interior, sentimientos de amor, aceptación, entendimiento, fortaleza y discernimiento, que solo nacen de lo más profundo del ser. Pretender el manejo y dominación de la existencia, con sus ires y venires, a voluntad, es una falacia, es una trampa mental, la mayor muestra de insensatez humana; como desafiando lo invulnerable; poniendo nuestra lógica y fuerza limitada, por encima de lo inconmensurable e ilimitado. Somos en esencia, inmensos. Movidos por una envoltura lábil, propensa al error y al deterioro. Solo la inmensidad del amor que nos nutre nos protege, si así lo deseamos y permitimos. El desconocimiento y no aceptación de esa ley universal, bloquea las ayudas que pueden llegar desde el mundo de luz. La luz atrae la luz, y eso somos.