
Veredicto del viento

Antes de la memoria y del barro, un ulular insomne desolló las vegas y sabanas. El Sinú descifró que el aire también podía devorar. Aquella verdad lejana resuelve el azar de estas superficies inmensas. Los pobladores acuden hoy a un dictamen invisible. El aire nocturno despoja las facciones de sus certezas vernáculas. Nadie puede escapar de la herencia del aire. Las palabras dichas en la vigilia terminan diluidas en la atmósfera densa. El olvido marcha descalzo sobre el lodo fértil.
La historia humana suele afirmarse en imágenes eternas. Este valle elige edificarse sobre la desaparición. Hay un convencimiento reservado en el murmullo de las hojas. Los vientos cálidos varían las reflexiones diurnas. Los pobladores moldean sus vidas según el temperamento de la brisa. Un soplo violento despoja las memorias viejas. Una ráfaga mansa devuelve la cordura temporal. El paisaje remueve sus contornos sin previo aviso: los árboles mudan de lugar durante el sueño profundo y el río modifica su lecho buscando el origen de aquel silbido primordial. El verdadero peligro reside en la costumbre del vacío. Las almas del valle aceptaron la avidez del entorno y aprendieron a enmudecer cuando el horizonte resolla profundo. Un silencio suspendido gobierna los sembrados nocturnos. Las sombras adquieren el peso definido de los cuerpos sólidos. El suelo emana vapores ancestrales que azoran los sentidos. Aquello considerado fantástico es cotidiano bajo este cielo inmenso. La razón claudica ante la evidencia del susurro constante. El viento carece de rostro. Su voluntad es única. Gobierna cultivos, extingue candiles y borra huellas. Por estos días, cuando los techos crujen y los árboles se rinden ante los feroces vendavales que barren las cuencas del Sinú y del San Jorge, los pueblos ribereños despiertan de su tregua perpetua. Cada borrasca es una advertencia sobre la fragilidad del barro humano. La llanura duerme con los ojos abiertos, escuchando el silbido que desolló sus orígenes. El río fluye gradual, consciente de su condición de testigo firme. La corriente aérea seguirá reclamando su tributo de polvo, olvido y aliento. El aire impone su ley decisiva sobre el agua, la carne, el tiempo. Así, cuando el último candil se apague y el nombre de los hombres sea apenas ceniza disuelta en el lodo, no quedará testimonio ni ruina. Sobre la llanura inmóvil, sólo sobrevivirá el silbido ancestral, dueño supremo de la nada, respirando el pulso terminable de un mundo subyugado a su voluntad.