
Venezuela como advertencia, no como anécdota

Venezuela volvió al centro de la agenda política y económica mundial por la constatación tardía de un colapso que durante años fue negado, maquillado o explicado como conspiración externa. Hoy, cuando el país reaparece en los radares del mundo político, de los mercados energéticos y de los organismos multilaterales, conviene hacer una lectura menos emocional y más estructural. Venezuela no es una rareza latinoamericana, es un caso de estudio sobre cómo se destruye un sistema estatal funcional, empezando por la salud.
El relato fue siempre el mismo. La promesa de un Estado más justo, más presente, más humano. La deslegitimación sistemática de los intermediarios, de la técnica, de la gestión y de cualquier actor que no respondiera al proyecto político. La centralización total de las decisiones, bajo la premisa de que el Estado podía hacerlo todo mejor, más rápido y barato. La negación del deterioro, incluso cuando las estanterías estaban vacías, los hospitales sin luz y los médicos emigrando por miles. En salud, el libreto fue desmontar el aseguramiento bajo la idea de que era innecesario. Se confundió gratuidad con disponibilidad. Se concentraron los recursos en el nivel central sin capacidad operativa real. Se politizó la atención primaria. Se precarizó al talento humano. Y cuando el sistema colapsó, ya no había a quién culpar más que a enemigos abstractos. El resultado fue un sistema público universal en el discurso y radicalmente excluyente en la práctica, donde el acceso real dependía del bolsillo, de los contactos o de la caridad internacional. Los errores en Venezuela no fueron exclusivamente económicos ni ideológicos, fueron de diseño institucional. Y esos errores empiezan a parecerse peligrosamente a debates que hoy se dan en otros países, incluido Colombia. No porque los sistemas sean iguales, sino porque los argumentos son inquietantemente similares: que el aseguramiento estorba, que la centralización es eficiencia, que la técnica es una excusa para mantener privilegios, que primero se desmonta y luego se verá cómo se reemplaza. En Colombia, la diferencia fundamental es que las instituciones han resistido. El Congreso ha hundido reformas mal diseñadas. La Corte Constitucional ha actuado como contrapeso. La sociedad científica ha levantado la mano. El sistema malfunciona, pero aún funciona. La lección venezolana es que los sistemas no colapsan cuando funcionan mal, colapsan cuando se destruyen los mecanismos que permiten corregirlos. La agenda mundial vuelve a mirar a Venezuela con interés pragmático, pero ese país no se reconstruirá solo con inversión ni con petróleo. La reconstrucción real pasa por rehacer instituciones, recuperar confianza y entender que, en salud, como en democracia, no existen atajos. No hay reforma mágica, ni Estado omnipotente, ni enemigo externo que explique la incompetencia interna. Venezuela no debería ser usada como caricatura ideológica. Debería ser leída como una advertencia incómoda. Porque cuando la política se impone a la evidencia, cuando la ideología reemplaza a la gestión y cuando desmontar parece más fácil que construir, el desenlace ya lo conocemos. Y no es revolucionario ni justo, es mezquinamente devastador.