Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

Vaya al psicólogo

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
13 de septiembre de 2025

Hágame el favor y vaya al psicólogo. Me dijo la médica de mi hijo cuando, en medio de la conversación, me reconocí ansiosa frente al manejo de algo particular de la diabetes.

Soy psicóloga, le respondí, mirándola a los ojos o más bien, intentando encontrar los de ella, a la cual llevo viendo año y medio y no le conozco la cara, cubierta detrás de lentes y tapabocas debo admitir que he pensado que hace eso para que los pacientes no la reconozcan y no la paren en la calle a pedirle consultas gratis, pero ese es otro asunto. Bueno, con más razón todavía usted debe saber que no se debe sentir así, concluyó; cerrando el tema y pasando a otro asunto inmediatamente. Me molestó. ¿Pero qué me molestó? ¿Qué me haya mandado al psicólogo? ¿Sentir en ese comentario un dejo de burla por mi ansiedad o incluso por lo que hacemos los que nos dedicamos a la psicoterapia? ¿El desconocimiento de mi ansiedad como algo válido frente a la enfermedad de mi hijo? ¿El pensar la ansiedad como algo innecesario o muestra de algún tipo de debilidad inadmisible? ¿La aparente suposición de que sentirse o no ansioso frente a algo es una decisión racional? ¿Sentí que descalificaba mi trabajo? Una avalancha de preguntas vino a mí y permanecen flotando en la cabeza al captar mi propia molestia en ese momento. Tengo claro que no me gustó lo que dijo, como lo dijo y la razón por la cual la dijo. Pensé inevitablemente en las decenas de mamás y papás angustiados en ese mismo consultorio, reteniendo a la fuerza una lagrima asustada, preocupados genuinamente por la enfermedad de sus hijos y creyendo que sentirse así es inadecuado, sinónimo de falta de fuerza, como si por sentirse preocupados, ansiosos o tristes fueran peores padres/madres o que por no saber lidiar con sus emociones están poniendo en riesgo la salud de sus hijos. Me molestó que permanezca en algunas personas, revestidas de autoridad científica, esa idea que desdeña y juzga lo emocional. Que su petición de ir a terapia no haya sido respetuosa o empática sino burlona y casi que con afán de quitarse de encima algo innecesario que interfiere con su trabajo, es decir, más para facilitarle su trabajo, que por mi bienestar “Hágame el favor y vaya al psicólogo”. Y me molestó darme cuenta de que por un instante me molesté conmigo misma. Que por unos segundos me miré con los mismos ojos de reproche de ella y juzgué mi propio miedo como innecesario, sintiendo que debía ser incansable y tener todas las respuestas, usando los saberes y la fuerza que deben tener todas las mamás. No. Hay momentos en que me aturdo y no soy fuerte, momentos en que me gana la confusión de no saber que hacer, de no saber a quien preguntarle, de sentir que la carga pesa mucho y que no me es posible soltarla. Si, hay momentos en que me siento ansiosa y nada de eso me hace una mala mamá y mucho menos una mala terapeuta.