Vamos a ver la hechura del Presidente
El secuestro del padre de Luis Díaz y los resultados electorales en Colombia exponen un revés político para el gobierno de Petro. La gestión, con sus fallos, se convierte en el foco del descontento ciudadano.
Por Pedro Medellín En el Gobierno, todo lo que suceda, decida o diga el gobernante tiene consecuencias. El secuestro de los padres del futbolista Luis Díaz es el mejor ejemplo. La conmoción internacional causada por el hecho y la manera como procedieron los delincuentes no solo dejaron sin piso ni autoridad cualquier exigencia que el Presidente pudiera hacer a la comunidad internacional para que se esforzara con medidas en defensa de la vida. También reveló la respuesta de los delincuentes a un gobierno que les ha ofrecido todo tipo de incentivos (no represivos) para que abandonen el delito. En medio de los homenajes y las muestras de solidaridad y apoyo al futbolista, los colombianos iban a las urnas para elegir sus autoridades territoriales. Ni siquiera el rescate de la madre del jugador sirvió para aliviar las presiones sobre el Gobierno colombiano para lograr que Luis Manuel Díaz (padre) sea liberado por sus captores. Sin llegar a las 24 horas del secuestro, los resultados electorales reportan a Petro un revés tan duro como inesperado. Duro porque alcanzó una magnitud que desbordó cualquier expectativa de victoria de los opositores o de derrota prevista por los gobiernistas. Inesperado, porque el Presidente nunca imaginó que las políticas del Gobierno nacional, su desorden y escasa efectividad pudieran tener efectos electorales tan adversos en los territorios. Con más o menos diferencias, la cotidianidad le mostraba a los ciudadanos que, por cuenta de la paz total, las fuerzas armadas y de policía habían quedado con las manos amarradas, dejando a todos a expensas de los delincuentes y la inseguridad; por cuenta de la reforma de la salud y las peleas con las EPS, los enfermos, además de sus dolencias, debían padecer el desabastecimiento de medicamentos y la parálisis del sistema; por cuenta de la reforma laboral, la población en edad de trabajar tenía que reducir sus expectativas de empleo ante la decisión empresarial de frenar sus proyectos de inversión; o por cuenta del activismo (y el desconocimiento) del ministro de Minas y Energía y su equipo, el país estaba cada vez más cerca de un apagón. Y eso sin considerar el desmonte de los programas de vivienda para los más pobres, o la interrupción en el giro de los subsidios y ayudas a los sectores más vulnerables. La consecuencia política no podía ser otra. Las elecciones se convierten en un plebiscito sobre la gestión presidencial. Con su voto, los ciudadanos castigan la manera como se está gobernando. No de otra manera se puede entender cómo es que la votación de más de 23 millones de colombianos que eligen alcaldes y gobernadores, concejales y diputados, deja reducida a la izquierda a poco más del 10 % del total de la fuerza electoral en las regionales, y algo más del 8 % en las municipales. Como diría la dedicatoria de un libro sobre lo sucedido el 29 de octubre: "A Gustavo Petro, sin cuyo concurso estos resultados no hubieran sido posibles". Pero no todo es adverso. La fragilidad ética que la politiquería y el clientelismo imprimen a las prácticas políticas de congresistas y dirigentes partidistas hace que el presidente Petro cuente hoy con una inmensa capacidad de compra de unos y otros (que es como aquí llaman a la gobernabilidad) que le da amplio margen de maniobra para la aprobación de sus proyectos de reforma en el Congreso. Pero tener las leyes aprobadas no es suficiente. Si el Presidente quiere evitar que su proyecto se vaya a pique, no solo debe revisar si sus políticas necesitan un ajuste sino que las reoriente en la dirección correcta. También tiene que examinar con quién y cómo se implementan las reformas. Es claro que con los activistas que tiene hoy como ministros no logra nada. Necesita de gente capacitada y con criterio. Su futuro depende de la manera como responda a los desafíos que le plantea este momento. Está cruzando la línea del primer tercio de su período presidencial. Cuando se pasa ese punto, no hay cómo dar marcha atrás.